En el Antiguo Testamento encontramos, sobre todo en los profetas, gestos y acciones con un significado simbólico; era una manera muy gráfica de transmitir un mensaje importante, de forma que los espectadores pudieran captarlo con claridad —a veces, de manera inmediata, otras, después de la explicación correspondiente—; basten dos ejemplos de este proceder: el profeta Ezequiel abre un boquete en la pared de su casa y sale por allí, al anochecer, con un hatillo al hombro, para simbolizar la marcha al destierro del pueblo de Israel (Ez 12,1-15) y Jeremías comparece ante el rey con un yugo sobre su cuello, para anunciar la caída de Jerusalén y otras naciones bajo el dominio de los babilonios (Jer 27,1-22).
El evangelio de este domingo narra un gesto profético de Jesús, que anuncia el nuevo orden de cosas que se instaurará cuando Él entregue su vida en la cruz y resucite gloriosamente: comenzará la etapa final de la Historia de la salvación. La acción profética Jesús la realiza en el lugar que constituía el corazón de la vida religiosa israelita: el Templo de Jerusalén, donde se ofrecían los sacrificios de animales y las ofrendas en dinero o especie que constituían la base del culto israelita al Señor. La expulsión de los vendedores de animales y de los que cambiaban el dinero por monedas aceptables para las ofrendas al templo significa, proféticamente, el fin de esta manera de dar culto a Dios, para dar paso a una forma nueva, querida por el propio Dios, que tendrá su inicio a partir de la Muerte y Resurrección de Cristo: el nuevo culto no está limitado a un lugar o edificación, sino que su fundamento es la presencia y la acción efectiva del Espíritu Santo en el creyente; será “en Espíritu y verdad”, como afirma Jesús a la mujer samaritana (Jn 4, 19-24).
La Cuaresma, tiempo de renovación de la fe, invita a dar nueva vitalidad a nuestra relación con Dios, vivida y celebrada bajo el impulso del Espíritu Santo, que habita en nosotros por el bautismo. Aprovechemos, por tanto, este tiempo de gracia y conversión que Dios nos concede y purifiquémonos de todo lo que nos aleja de Él o nos hace vivir de modo superficial la fe.
