Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, Obispo de Pinar del Río. Domingo 14 de marzo de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis de Pinar del Río y pastor de todos.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos recuerda el amor de Dios por el hombre, al punto de enviar a su único hijo. Creo que todo ser humano se lleva una idea real de cuánto significa este amor.

El Hijo ha bajado del cielo, pero tiene que ser levantado. Estas palabras nos invitan a mirar de frente lo que, en el plan de Dios, es más difícil de aceptar: en Juan, la expresión “Ser levantado” se refiere tanto a la cruz como a la resurrección”.

Jesús nos recuerda el pasaje del Antiguo Testamento donde Moisés levanta una serpiente para que el que la mire quede curado, por eso actualmente el símbolo de Salud Pública, es una serpiente enroscada en la vara del pastor. Con este episodio nos recuerda que ante cualquier otra cosa tendremos que mirar a Jesús.

La escena es parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo. Recordemos que éste era uno de los Maestros de la Ley, que se acercaba a Jesús de noche por miedo a que lo vieran conversando con Él. Aquí Jesús… da la clave de todas sus preguntas posibles: vivir en la verdad y no tener miedo a la luz, ese era el camino de la salvación. Evidentemente, esa luz es una persona viva: “yo soy la luz del mundo”. Creer en esta luz es dejarse abrazar por ella y poner nuestros adentros a su sol, aunque descubramos que no todo es trigo limpio en nuestra vida. Porque sólo vemos el polvo y las telarañas en una habitación cuando en ella entra el sol.

Así fue la propuesta de Jesús a Nicodemo, y así es la que nos hace la Cuaresma: abrid vuestra ventana y que entre la luz de Dios. No para abrumarnos con todo eso que estamos tentados de ocultar, de tapar, de disfrazar, sino para convertirnos, para nacer de nuevo, para volver a empezar.

Sólo podrá cantar el aleluya pascual, el aleluya luminoso y resucitado, quien haya tenido el arrojo y la humildad de cantar el miserere de sus oscuridades y muertes cotidianas. A esto nos educa la Cuaresma. Para que al final, donde ha abundado el pecado, pueda sobreabundar la gracia de Dios, y quien tanto nos amó, nos quitará los sayales de luto para vestirnos el traje de fiesta.

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