La misericordia es una de las cualidades sobresalientes en Dios; todas las lecturas de hoy resaltan esta idea central. El Segundo libro de las Crónicas hace un resumen de los últimos momentos del Reino del Sur y su capital, Jerusalén, cuando caen bajo el dominio de los babilonios y comienza el amargo período del Destierro; todo parece perdido sin remedio, pero Dios no olvidó a su pueblo, de manera que, al cabo de los años, Israel pudo volver a su tierra y reconstruir su vida. La Carta a los Efesios afirma la gratuidad absoluta de la salvación que ha venido por medio de Cristo: todo ha sido obra de Dios, no hay mérito alguno de nuestra parte, porque el Padre nos ha salvado por puro amor hacia nosotros, y esto, cuando éramos aún pecadores y estábamos condenados.
En el diálogo con Nicodemo, Jesucristo habla con toda claridad y no deja dudas acerca de la misericordia divina: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”; Jesús mismo es la prueba viviente de esa misericordia desbordante de Dios hacia la Humanidad, porque el Hijo de Dios se hizo hombre y vino a este mundo para llevar a cabo la salvación querida por su Padre. El drama profundo es, sin embargo, que “la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”, es decir, el Salvador encontró, y sigue encontrando, el rechazo en el mundo que vino a salvar; una realidad chocante y dolorosa: quien acudió, por puro amor y misericordia, a salvar a todos, sufrió el rechazo, la incomprensión y hasta la muerte en cruz. Así de contradictorios somos los seres humanos.
La Cuaresma es el tiempo de la misericordia. Somos hijos de la misericordia de Dios y estamos invitados a imitarla siempre en nuestras relaciones humanas. Esa misericordia divina es también motivo de esperanza: nunca Dios se cansará de perdonarnos ni de compadecerse de nuestra debilidad y miseria humanas; siempre podremos acudir a Él con la certeza de que, mucho antes, como el padre misericordioso de la parábola, ya ha salido a nuestro encuentro. Aprovechemos este tiempo de gracia para dejarnos iluminar por Cristo, Luz del mundo.
