Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río y pastor de todos.
En este quinto domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta el encuentro de Jesús con aquel grupo de griegos que lo buscaban porque habían oído hablar de Él y sentían la necesidad de conocerlo.
Es una ocasión propicia para que Jesús anuncie, una vez más, su pronta muerte en cruz y la victoria sobre la misma a través de su glorificación: “Ha llegado la hora”.
Este anuncio viene acompañado de una parábola singular. Habla de su propio misterio: “Él es el grano de trigo venido de Dios, que se deja caer en tierra, que se deja romper en la muerte y, precisamente de esta forma, se abre y puede dar fruto en todo el mundo.”
Con la presencia de los griegos en el lugar, se pone de manifiesto la apertura de la fe para todos los hombres. Así crece la Iglesia, que se lanza a anunciar a Cristo muerto y resucitado hasta los confines de la Tierra.
Y nuevamente se escucha la voz del Padre. Es como un eco de la transfiguración en el monte Tabor: “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”.
La victoria de Jesús sobre la muerte viene como resultado de la aceptación de la voluntad del Padre por parte de Cristo. La cruz no es el final. El final está marcado por la vida, por la victoria sobre la muerte, por el triunfo sobre el mal.
Satanás pierde ante el poder de Dios. No hay nadie más poderoso que Dios, y ha querido que el mundo se salve. Jesús puede exclamar con total autoridad: “Yo he vencido al mundo”.
Nosotros tenemos que ser como Jesús, dispuestos a morir para resucitar.
Pero morir al hombre viejo que llevamos dentro: nuestras ambiciones, malas costumbres, rencores, egoísmos, etc., para poder resucitar a una vida nueva, conscientes de que sin Dios no somos nada.
En estos días que nos quedan antes de comenzar a vivir la Semana Santa, hagamos un buen examen de conciencia y acerquémonos al templo para recibir el sacramento de la Confesión. Aunque no podemos acudir de forma masiva, es bueno dedicarle un tiempo para visitar a Cristo en el Sagrario y hablar de “tú a tú”, como hacen los buenos amigos. Acompañar a Nuestro Dios en su Pasión y Resurrección, es unir nuestra vida a la suya, ofreciendo nuestra vida con sus alegrías y tristezas, con todo aquello que nos atormenta, pero sobre todo con el esfuerzo por ser mejores.
Que la Joven de Nazaret, que supo decir siempre Sí a Dios, nos ayude a vivir adheridos a Dios.
