De seguro recordamos la última frase de la respuesta de Jesús a su madre, la Virgen, cuando en las bodas de Caná de Galilea ella le suplica por los novios, que se han quedado sin vino en medio de la fiesta de bodas: “Aún no ha llegado mi Hora” (Jn 2,4). El evangelio de Juan tiene como uno de sus hilos conductores principales el tema de la Hora de Jesús, de modo que todas las acciones y palabras de Señor van anticipando y, a la vez, guiando su vida hacia ese momento supremo. El pasaje del evangelio del quinto domingo de Cuaresma explicita dos cosas muy importantes con respecto a este punto: primero, ha llegado la Hora, aquello para lo cual Él ha venido al mundo; segundo, en qué consiste esta “Hora” a la cual el Señor hace referencia constantemente durante su ministerio público.
“Ha llegado la Hora” significa que arribó el momento decisivo en la vida de Jesucristo, aquello que constituye la razón de ser de su misión en este mundo, el por qué y para qué el Hijo de Dios se hizo hombre y vino a habitar entre nosotros: la salvación de la Humanidad. Pero ese cumplimiento implica una realidad contradictoria, en apariencia, que Jesús entregue su vida, muera en la cruz, y que ese sacrificio de amor sea el único capaz de dar, aunque parezca algo sin sentido a nuestros ojos humanos, la vida eterna a la Humanidad; “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Se trata de ese misterio, incomprensible para nosotros, pero no menos cierto, de que solo se tiene la verdadera vida, la eterna que promete Dios, cuando somos capaces de dar nuestra vida, de “perderla” sirviendo a Dios y al prójimo; no hay otro modo para entrar en el Reino de Dios, como el propio Señor lo dice: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.” La cercanía de la celebración de la Semana Santa nos anime a seguir a nuestro Maestro en su camino de servicio y entrega.
