Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río. Domingo de Ramos, 28 de marzo de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos.

Con la celebración de hoy damos inicio a la Semana Santa de este año 2021. La viviremos de forma atípica, pues al igual que el año pasado, las medidas preventivas ante el nuevo coronavirus nos imposibilitan reunirnos en el templo como es costumbre de la asamblea cristiana. Sin embargo, esto no significa que no podamos vivir la Semana Mayor, por eso se buscan otras vías para ayudar a los fieles a unirse a Cristo y celebrar juntos los misterios pascuales.

El Domingo de Ramos es un día donde los sentimientos se encuentra: Jesús entra en Jerusalén y es aclamado por el pueblo que lo reconoce como Rey, descendiente de la Casa de David. Lo esperan y acompañan en el camino hacia la Ciudad Santa. Sin embargo, también es un día en el que escuchamos la lectura de la Pasión del Señor, porque el reino de Cristo no s de este mundo, y a él se llega pasando por la experiencia de la entrega total a Dios. La Cruz es nuestra escalera para alcanzar la resurrección.

En el día de hoy recibimos una catequesis por parte de Jesús centrada en que “el Mesías tenía que padecer”.  La Semana Santa así nos lo recuerda: “El Salvador padece para que el hombre doliente se salve. Es un tema a meditar. Cristo podría haber escogido otra vía para la salvación de la humanidad, sin embargo, ha hecho opción por el camino del dolor, del fracaso aparente, de la humillación y la derrota, de la vergüenza y el sinsentido, es decir, el camino de la cruz.

Y lo hace para manifestar hasta dónde llega el amor de Dios: nadie tiene amor mayor.

Lo hace para compadecer, para unirse al hombre que sufre el dolor. Dios se ha hecho hombre de verdad y el dolor es el hilo rojo que recorre toda la historia del hombre.

Lo hace para estar cerca de los que sufren y dar respuesta a la vieja queja de la humanidad de por qué Dios permite tanto sufrimiento, o dónde estaba Dios cuando ocurrió esta desgracia. Pues Dios estaba ahí, sufriendo a tu lado.

Por eso también lo hace: para redimir el dolor, pues sufriéndolo él, lo ilumina y cambia de sentido. Ya no será por desgracia, sino por gracia.

Y lo hace también para expiar los pecados, haciéndose él responsable de los pecados del mundo.

El pueblo que lo aclamaba no era consciente de todo lo que sucedía, no podía imaginarse el peso que llevaba Cristo sobre sus hombros y que días después se harían visibles al cargar la cruz hasta el Calvario.

El entusiasmo del recibimiento procedía de todos los milagros que habían visto. Era una fe bastante superficial. Si Jesús hubiera seguido en línea milagrera, si se hubiera defendido cuando le prendieron; si hubiera convencido a las autoridades del Sanedrín; si hubiera realizado allí algún milagro, como dejar con la mano seca al que le dio la bofetada, o dejar sin hablar al Sumo Sacerdote; si hubiera venido un ángel para sacarle de la sala donde estaba preso, si hubiera hecho alguna cosa sobre natural, ¿no hubiera sido liberado y aclamado como Mesías por los siglos?

 Era lo razonable, lo esperado por el pueblo, pero Jesús hacía tiempo que había superado estas tentaciones. La salvación del mundo no vendría por la fuerza, sino por la debilidad. Dios no quiere conquistar el mundo por la fuerza. Dios no quiere imponer la salvación, sino ofrecerla. La debilidad de Cristo es nuestra fuerza y la necedad de Cristo nuestra sabiduría. Así lo expresaba San Pablo en sus cartas.

Estamos hablando de la debilidad y la fuerza del amor. El amor es la única arma de Dios. Nada es tan débil como el amor, pues se deja matar, y nada tan fuerte como el amor, porque da vida. Tan débil que llora, tan fuerte que canta. Tan fuerte que puede ser fácilmente derrotado, tan fuerte que convierte las derrotas en victorias.

Desde la Pascua ya no decimos: “fuerte como la muerte”, sino más.

Caminemos de la mano de María, para que esta Semana Santa que iniciamos sea oportunidad para estar con Jesús acompañándolo en los momentos más duros de su vida.

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