Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos.
Hoy es un día de dolor para toda la humanidad. Injustamente se ha condenado a un inocente, y voluntariamente Dios ha cargado con nuestras culpas para alcanzarnos la salvación.
Quisiera invitarte para que en algún momento del día, leas el relato de la Pasión de Cristo que nos ofrece San Juan en el capítulo 18 de su Evangelio. Lamentablemente no podemos compartirla en este programa especial, pero no debemos dejar que pase este día sin meditar en este acontecimiento tan importante para todos los cristianos.
“Jesús moría en plena juventud: 33 años. La muerte arranca violentamente la vida de un hombre joven, abierto a los proyectos de la vida. Este era el caso de Jesús: la muerte le cortaba las más amables razones para vivir: la gratitud de los humildes, el afecto de los discípulos, el calor de las multitudes, la felicidad de hacer felices a los demás. Todo quedaba ahora tronchado, y esto, para un hombre temperamentalmente sensible como Jesús, debió resultarle especialmente doloroso. […]
De quienes presenciaron aquel espectáculo de horror, sólo un pequeño grupo de mujeres lloraba a lo lejos […] Entre los demás, muchos estaban satisfechos y felices, y la mayoría indiferentes. El Pobre de Nazaret estaba enfrentando su muerte en medio de una aterradora soledad. […] Pero aquí, en la Cruz, Jesús adquiría su altura más encumbrada, como también su profundidad más aterradora. El vacío, que en este momento será absoluto, dejará un espacio infinito para que Aquel que es el Bien Total lo llene infinitamente. Misteriosa e inesperadamente, aquí se implantará para siempre el Reino de Dios: donde está la Nada allí está el Todo” (“El Pobre de Nazaret”, de Ignacio Larrañaga)
Y en la cruz escuchamos las últimas palabras de Jesús, cada una de ellas con un profundo sentido resumiendo su misión en este mundo:
Lo primero que hace es implorarle al Padre perdón para aquellos que lo están asesinando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y ciertamente no lo sabían, porque ellos no habían sido capaces de reconocer en Jesús al Hijo de Dios. “Jesús pidió perdón por sus verdugos, por quienes lo abandonan y por toda la humanidad y, por consiguiente, por cada uno de nosotros. Que al pasar por esta prueba que estamos viviendo, quede como fruto en nuestras familias el comprendernos y perdonarnos”.
Dirigiéndose al Buen Ladrón exclama: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. “Jesús está en la cruz en ese momento difícil y allí él va expresar eso tan importante de amar a los hermanos. Se lo dice al ladrón arrepentido que asume la condición de su historia, de su pecado, mientras que el otro cuestiona a Jesús. Nosotros también estamos viviendo momentos muy difíciles, y a todo el pueblo queremos darle, como Jesús, un mensaje de esperanza, porque la vida no termina con la muerte, y porque cada acción que hagamos para el bien de la persona, es parte de la construcción del Reino.
En este momento tan crítico, Jesús nos entrega a su Madre, no sólo se la confía a Juan, sino que pone en este gesto a toda la humanidad, para que recibamos a María como Madre y a su vez ella nos tome a todos como hijos. Mirando nuestra vida, ¡qué importante es el papel de la madre! Pidamos por todas las madres, especialmente las que aún no son conscientes del regalo maravilloso que significan los hijos y recurren al aborto o al abandono de éstos.
Pero en la cruz también se experimenta el sentimiento de abandono, que lleva a Cristo a expresar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. “Esta es de las mayores calamidades que atentan contra la estabilidad emocional y humana. Dios no abandona al hombre. En la mayoría de las dificultades que padecemos, somos nosotros los que abandonamos a Dios. En el calvario, la cantidad y crueldad de los sufrimientos de Jesús, resintieron de tal modo su naturaleza humana que le permitieron hacerse en todo, menos en el pecado, semejante a nosotros”.
“Tengo sed”: “La sed que siente Jesús no es solo una necesidad fisiológica, sino que es la sed de amor, de justicia y perdón. Ese deseo que tuvo en la cruz es que quiere que tengamos todos nosotros: sed de servir, de ayudar aún en el sufrimiento. Dios quiere que nosotros, sedientos de eternidad, busquemos al único que puede saciarnos: Jesús.”
Acercándose a los minutos finales de su vida, Jesús exclama: “Todo está consumado”. Todo está cumplido. Cristo está mirando la obra que el Padre le encomendó: ser el redentor de la humanidad. Él fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz por la misión que el Padre le confió.
En la Iglesia no todo está cumplido, en el mundo, en su familia, en nuestra vida, todo está por cumplirse. Ojalá llegáramos un día, como Cristo, al momento final y podamos pronunciar esta palabra con conciencia y alegría, con la certeza de haber descubierto y asumido la existencia hasta las últimas consecuencias.
Y cuando todo se ha hecho correctamente, cuando hemos sido fieles hasta el final, podemos confiadamente encomendar nuestra alma a Dios. “Jesús concluye su misión terrena entregando su espíritu al Padre. Con sus palabras devuelve la dignidad a pobres, enfermos y pecadores. Sin embargo, su coherencia y muerte tuvieron consecuencias que llegan a lo máximo posible…. Jesús no vuelve a su Padre derrotado, sino con la victoria del amor que vence al odio. Que en nosotros también venza el amor frente a los sentimientos destructivos”.
Ante Cristo crucificado, cuál sería nuestra actitud. ¿Hubiéramos sido como el pueblo que no entendía lo que pasaba en realidad y pedía que lo crucificaran, o como los discípulos que ante el miedo salieron huyendo? Pidamos a Dios tener la actitud de quienes acompañaron a Jesús hasta el final y a sus pies en la Cruz, fueron testigos de la mayor entrega por amor de la historia.
Que la Virgen Dolorosa, nuestra Madre, nos acompañe en este caminar de cruces y resurrecciones.
