La última cena de Jesús con sus discípulos, poco antes de morir crucificado, no fue una simple comida de despedida, la prueba de esto la tenemos en que, dos mil años después, los cristianos continuamos celebrando la Misa, en fidelidad a lo que el propio Jesús mandó a sus apóstoles en aquella noche: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19 y I Cor 11,23-25). En ese momento el Señor instituyó el sacramento de su Cuerpo y Sangre, la Eucaristía, como alimento espiritual para la fe y centro de nuestras celebraciones, además de un signo distintivo de los cristianos en cualquier época y lugar, sobre todo cuando se reúnen el domingo, Día del Señor, para celebrarla.
En aquella última cena con sus discípulos, el Señor también dio el mandamiento nuevo del amor y el servicio, por esta razón el evangelio que la Iglesia nos propone hoy se refiere al gesto del lavatorio de los pies de los discípulos que Jesús realizó en medio de la cena. Ambas realidades, la Eucaristía, el sacramento de su Cuerpo y Sangre, y lavar los pies a sus discípulos están indisolublemente unidos, porque parten de la caridad, del amor: en la Cruz, el Señor entregó la vida por todos para salvarnos, en obediencia a la voluntad de su Padre, y la Eucaristía hace presente, cada vez que la celebramos, esa entrega total suya; al mismo tiempo, como es evidente, la actitud fundamental del discípulo de Cristo no puede ser otra que la misma de su Maestro, es decir, dar la vida, servir con generosidad plena, hacerse el servidor de todos, tal como Él hizo, no solo al lavar los pies a los discípulos esa noche, sino, sobre todo, cuando se hizo hombre, vino a este mundo y dio la prueba máxima posible de amor al entregar la vida por la salvación de la Humanidad. De esta manera, adquieren todo su significado las palabras con las que acompañó el lavatorio de los pies: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también hagan como yo he hecho con ustedes.” (Jn 13,14-15).Como la caridad, el amor cristiano, es un don de Dios, pidámoslo con insistencia al Espíritu Santo, para que podamos cumplir el mandato que el Señor Jesús nos dio: “Ámense unos a otros como yo los he amado.” (Jn 15,12).
