Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. 2 de abril de 2021: Viernes Santo

Un número incalculable de personas han sufrido la injusticia y la muerte a lo largo de la historia del mundo. Las noticias diarias continúan informándonos sobre las desgracias de todo tipo que millones padecen por causa de los desastres naturales, las guerras, la violencia y tantas otras situaciones terribles. El sufrimiento y la muerte de Jesucristo en la Cruz, mirados desde esta perspectiva, pudieran parecernos un eslabón más en esa cadena que viene desde las épocas más remotas de la Historia y llega a la actualidad. Pero los cristianos celebramos con particular relieve el Viernes Santo porque en la Cruz ese día sufrió y murió Jesús, el Hijo de Dios, y esto es lo que da su carácter único a ese acontecimiento: no es uno más en la larga lista mencionada antes, sino el propio Dios, hecho hombre, quien sufre y muere; se trató de una injusticia contra un inocente, como sucedió con tantos otros, pero, Jesucristo se entregó con toda libertad por la Humanidad: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente.” (Jn 10,17-18). Fue un acto supremo de amor hacia todos los seres humanos.

El valor de la Cruz, si pudiéramos hablar así, le viene de quien sufrió y murió en ella: Jesucristo, y de la razón por la cual lo hizo: por amor a todos nosotros, pecadores. En otras palabras, no depende de la intensidad con la cual padeció (aunque fue un suplicio terrible), ni del grado de injusticia que se cometió con Él (siendo el único totalmente inocente), sino porque en ella Jesucristo, verdadero Dios y hombre, entregó la vida por todos. Entre las normas acerca de la habilitación de los templos hay una que ordena, no por casualidad, que la cruz se muestre siempre con la imagen de Cristo crucificado.

Hermanos todos: la cruz era uno de los suplicios más terribles y humillantes en aquel entonces, sin embargo, para nosotros hoy es símbolo de salvación y vida eterna, porque el Señor nos ha abierto el camino de su Reino por su sacrificio en ella. Contemplemos este misterio de amor de Dios con fe y devoción, mientras recordamos las palabras del Apóstol San Pablo en I Cor 1,23-24: “nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los paganos; más para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”

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