Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos. Nuevamente les transmito mi más sincero deseo de que puedan vivir una feliz Pascua de Resurrección.
Hoy la Iglesia se une en la celebración del Domingo de la Divina Misericordia; hoy reconocemos y agradecemos el amor de Dios que se superpone a las miserias humanas. Es un día que nos llena de esperanza para vivir todos los demás días del año. Dios nos invita a confiar en Él siempre.
Y no es coincidencia de que esta fiesta se celebre precisamente el día en que la liturgia nos invita a reflexionar sobre la fe.
Jesús se aparece a sus discípulos el día primero de la semana, el día del Sol, el día del Señor. La primera vez transforma a sus discípulos acobardados y desorientados con el aliento de su Espíritu, palabras de perdón y misericordia.
La segunda vez ofrece al incrédulo Tomás la prueba definitiva de sus llagas, pero: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
En ese grupo nos encontramos tú y yo, hombres y mujeres que no han tenido la experiencia directa de Cristo como los apóstoles, pero que hemos creído en él por el testimonio recibido a lo largo de los siglos. Hoy los invito a valorar y agradecer la fe recibida como don gratuito, porque fue Dios quien abrió los ojos de nuestra alma, para que pudiéramos “ver”.
No se llega a la fe por pruebas físicas o racionales, no sería fe. No hay argumentos filosóficos o de laboratorio que consigan alcanzar a Dios.
Pero la fe tampoco es irracional, no es un absurdo creer. La fe tiene también sus razones y sus visiones. El creyente no ve a Dios, pero ve sus signos y sus huellas. El creyente ve con el corazón, y entra en la órbita de la experiencia, del amor y la gracia. No es puro sentimiento o una cierta adhesión a la autoridad. La fe es gracia y luz. No es un creo porque sí, pero es un “Creo, sí”. Yo puedo decir “amo porque amo”, pero no puedo decir: “creo porque creo, porque quiero creer”.
Puedo decir: “Creo, porque amo; y mejor: “creo porque soy amado”, porque la iniciativa es de la gracia de Dios. Tú no ves a Dios, pero sientes vivamente que te envuelve su misericordia, tan cercano, tan íntimo, como aliento de tu aliento. Eres amado, luego Cristo vive.
No ves a Dios, pero ves su mano providente en todas las cosas. No ves a Dios, pero ves su misterio amoroso en la profundidad de las personas y de los seres. No ves a Dios, pero en el mundo hay reflejo de su bondad y de su belleza. No ves a Dios, pero te sientes incondicionalmente amado por un Amor inmenso. No ves a Dios, pero sientes una fuerza que te supera para amar, para crear, para sufrir. No ves a Dios, pero lo palpas en las comunidades de amor auténticas.
Dichosos los que vieron a Cristo resucitado. De estas experiencias pascuales arranca nuestra fe. Estas experiencias tienen que ver más con el corazón que con la visión, aunque algunas, como la de Tomás, se expliquen en imágenes corporales, por eso “Dichosos los que creen sin haber visto”.
Magdalena vio a Jesús con el corazón cuando escuchó su nombre. Los discípulos de Emaús vieron a Jesús con el corazón cuando escuchaban sus palabras y al partir el pan. Los discípulos en el Cenáculo vieron a Jesús con el corazón cuando sintieron la alegría y la paz de su presencia y recibieron el Espíritu Santo que los resucitaba. Pedro vio a Jesús con el corazón, confesó tres veces el amor, y se sintió perdonado y llamado.
Tú y yo, ¿dónde podemos ver a Dios?
Sabemos que él se hace presente de muchas maneras, pero siempre que haya un deseo, una búsqueda, un dolor. Siempre que hay un amor victorioso, allí está Cristo resucitado. Siempre que hay un perdón generoso, un servicio entregado, una oración en el Espíritu, una comunidad verdadera, un sufrimiento aceptado, una superación creadora, allí está Cristo resucitado. En cada experiencia de Cristo resucitado, creemos sin haber visto.
Las llagas que Cristo le muestra a Tomás son ventanas de misericordia y fuentes de gracia; a través de ellas podemos entrar dentro de los secretos de Dios, y de ellas brotan torrentes de gracia, agua y sangre de redención.
Que María de la Caridad, la Mujer de fe, interceda por cada uno de nosotros, para que recibamos la gracia de creer siempre.
