Por Julio Pernús*
No son pocas las voces dentro del laicado católico que están pidiendo el inicio de un proceso de Reflexión Eclesial Cubano, una nueva REC, que nos ayude a trazar el camino pastoral por donde desea andar nuestra Iglesia en los próximos años. La Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe a celebrarse en México del 21 al 28 de noviembre puede ser un buen incentivo para dar un impulso a esta dinámica. Pues para este evento se ha organizado un proceso de escucha con el objetivo de generar diálogos que conduzcan a una reflexión al interior de las Iglesias locales. Mi comentario de hoy busca sumar ideas a esta interesante propuesta.
Luego del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) en 1986, se ha venido produciendo un proceso al interior de la Iglesia cubana donde se ha generado, sobre todo en los últimos 20 años, algo que podemos nombrar como institucionalismo eclesial. Siempre que ese tipo de proceso ocurre, toda la Iglesia (y no solo los pastores, este mensaje va dirigido a una audiencia sobre todo laical) viven el riesgo de “sofocar el Espíritu y apagar la profecía”. No es un fenómeno que ha pasado solo en Cuba, sino que viene siendo un mal que persigue al catolicismo en todo el mundo. El Papa Francisco para revertirlo reitera de forma constante necesitamos una Iglesia en salida, él ha dicho y cito: “prefiero una Iglesia que se ensucia las manos con su inserción junto a los pequeños que una Iglesia limpia y acomodada.”
Detrás de la resistencia de algunos sectores eclesiásticos cubanos a afrontar los cambios que exige esta nueva época, están cuestiones de privilegios, es clave que optemos por desolidarizarnos de los beneficios que atan el profetismo eclesial. Desde una sensibilidad diversa, pues cada vez la Iglesia cubana se parece más a un ortoedro, donde cada cara tiene una riqueza infinita. Hoy es oportuno que los laicos haciendo uso de nuestra fuerza como Pueblo de Dios, propongamos a nuestros pastores construir una Iglesia que desee optar por una mayor inserción social. Se hace urgente optar sin miedo por una Iglesia orante, pero sin espiritualizar tanto nuestros actos, lo ideal fuera poder tocar la realidad del pobre, el marginado, el deshumanizado y dejarnos interpelar por su grito. Treinta y cinco años después del ENEC, muchos laicos y consagrados aceptamos las preocupaciones sociales como válidas, pero preferimos por temor, apartar lo social del núcleo de nuestra fe. Esas campanas sociales que hoy resuenan en la voz de muchos en las redes, no pueden ser solo expresiones externas o tangenciales de nuestra fe, sino parte del corazón mismo de nuestra espiritualidad. La teología que alimenta e impulsa las razones de nuestra fe hoy, debe tener profundamente integrado lo social. Bueno al menos esa es una de las propuestas que desearía pudiera ser integrada en una soñada Nueva Reflexión Eclesial Cubana.
*Comunidad de la Asunción de la Arquidiócesis de La Habana.
