Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos.
La resurrección de Jesús no es el punto final donde todo acaba. Jesús vuelve con el Padre, es su glorificación, pero ni pone fin a su obra ni se desentiende de ella. Sus últimas palabras son de envío, de misión: la buena noticia del reino de Dios debe extenderse entre toda la humanidad cansada, agobiada y deseosa de buenas noticias.
En esta sociedad dominada frecuentemente por la mentira, el engaño, la violencia, la injusticia, la desigualdad, la irresponsabilidad, el egoísmo, la codicia, entre otras, los creyentes en Cristo estamos llamados a proclamar la palabra gozosa del Evangelio de Jesucristo que anuncia la verdad, la amabilidad, la justicia, la igualdad, la responsabilidad, el amor de la entrega generosa y solidaria.
Hace unos días el mundo se estremeció nuevamente con el asesinato de dos periodistas españoles en Burkina Faso: David Beriáin y el camarógrafo Roberto Fraile. Eran dos hombres comprometidos con la verdad, y dispuestos a buscarla en cualquier condición. Hoy viene a mi memoria este suceso, pero sobre todo porque la historia nace del testimonio de su abuela, quien recorría 93 metros desde su casa hasta el banco en que cada mañana rezaba en su Iglesia local. Allí estaba ella, visitando a Jesús en el Sagrario, contándole su vida y presentándole a su familia. El día no tenía sentido para ella si no recorría esta distancia. Y tan grande fue el testimonio de su abuela que David Beriáin llamó a su productora “93 Metros”, con la que había elaborado documentales en más de 120 países del mundo.
Su abuela tomó conciencia del llamado de Dios de proclamar la Buena Noticia, y no lo hizo dando discursos desde la plaza del pueblo, lo hizo con su vida, y esto fue lo que le transmitió a su familia. Su Testimonio fue la mejor manera de cautivar a los demás con el amor de Dios.
Ojalá que todos nosotros vivamos así nuestra experiencia de fe. Que seamos capaces de reconocer que tiene tanto valor el que se entrega en acciones gigantes recorriendo el mundo anunciando y denunciando, como el que recorrer 93 metros cada día para conversar con Jesús, y llevar una vida coherente con el amor que expresa sentir por Dios.
Termino invitándolos a rezar juntos por todos los comunicadores sociales, cristianos o no, para que sean siempre fieles anunciadores de la verdad, y en su nombre decimos:
Señor, enséñanos a salir de nosotros mismos,
y a encaminarnos hacia la búsqueda de la verdad.
Enséñanos a ir y ver,
enséñanos a escuchar,
a no cultivar prejuicios,
a no sacar conclusiones apresuradas.
Enséñanos a ir allá donde nadie quiere ir,
a tomarnos el tiempo para entender,
a prestar atención a lo esencial,
a no dejarnos distraer por lo superfluo,
a distinguir la apariencia engañosa de la verdad.
Danos la gracia de reconocer tus moradas en el mundo
y la honestidad de contar lo que hemos visto.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
Amén.
