Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, Obispo de Pinar del Río. Domingo 23 de mayo de 2021, Fiesta de Pentecostés

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos.

Ha llegado la fiesta del Espíritu Santo y recordamos aquel pasaje en que los apóstoles, junto a la Virgen, se encontraban reunidos con mucho miedo, pues todavía estaba el ambiente hostil por la crucifixión.

Jesús se había aparecido en varias ocasiones y había prometido que enviaría su Espíritu. Hoy lo volvemos a escuchar en el Evangelio según San Juan: “Reciban el Espíritu Santo”.

Llega el Espíritu Santo como un viento fuerte y como un fuego transformador. Es Pentecostés cuando se cumplen las promesas y la ley antigua da paso a los dictados del Espíritu. Los efectos de esta venida son como una nueva creación. Y lo importante es que todos, sean de la lengua que sean, empiezan a entenderse.

El Espíritu Santo es como un imán invisible que magnetiza la obra entera de Dios. Armoniza en una sola alabanza todas las vibraciones del mundo. Él es a la vez el don y el retorno a Dios del amor de todo ser que ama. Un amor que puede ser sucesivamente añoranza de lo eterno, éxtasis o pena de amor, indignación ante el mal, ternura, fuerza inquebrantable, entrega de uno mismo. El Espíritu procede de Dios y es Dios.

Si todo lo relativo a Dios es indefinible por el abismo de su misterio, mucho más lo es lo referente al Espíritu Santo, porque nos faltan analogías. Sabemos algo de lo que es un padre y de lo que es un hijo, pero ¿y del Espíritu? Por eso hablando de él, utilizamos más la poesía, los símbolos, los efectos de su presencia. Conocemos al Espíritu por experiencia.

Es pura relación. Es el Espíritu del Padre y del Hijo. Vean que humildad. Su personalidad no consiste en la autosuficiencia, sino en la dependencia. Lo que hace el Espíritu no es para Él, para su gloria. Él vive para glorificar al Padre y al Hijo, es la gloria del Padre y del Hijo. Es donarse y darse todo, es puro Don.

Hablamos de sus dones y carismas, pero la vida, toda nuestra existencia es don del Espíritu, aliento vivificante. Pero no se vacía según da, sino que se plenifica, porque Él es todo donación. Si dejara de donar, dejaría de ser.

En el momento del bautismo, cada uno recibe el gran regalo del Espíritu Santo. A partir de ese momento formamos parte de la Iglesia como hijos de Dios, pero eso requiere también que asumamos el compromiso de vivir según Cristo nos enseña.

El Espíritu nos fortalece y asiste, nos impulsa y anima para avanzar durante la vida, construyendo el Reino de Dios en este mundo.

Hoy la Iglesia está de fiesta pues el día de Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo, ella se consolida. Aquellos doce discípulos llamados por Jesús tres años atrás, saldrían ahora a cumplir su misión, a predicar las enseñanzas recibidas por el Maestro, a levantar al caído, sanar las heridas de los enfermos de cuerpo y alma, a mostrarle al hombre su dignidad como hijo de Dios, a promoverlos humanamente, a practicar la caridad y administrar los sacramentos de la gracia.

Esa es la misma Iglesia que ha prevalecido en pie durante más de 2000 años, con grandes sombras, de las cuales se arrepiente y humildemente pide perdón, pero sobre todo con grandísimas luces, de las que pocas veces se habla, pero que están, en cualquier parte del mundo, en gestos sencillos y cotidianos, en entregas generosas de sus hijos, que cada mañana se levantan preguntándole a Dios qué quiere que hagan por él, y cada noche, al acostarse se examinan en el amor.

De esa Iglesia somos parte todos los bautizados, y tenemos la responsabilidad de hacer de ella un modelo fiel de las enseñanzas de Cristo.

Que el Espíritu Santo, nos confirme en nuestra fe.

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