“Cuba cuida a tus familias, para que conserves sano tu corazón”
San Juan Pablo II, Santa Clara 1998, en su visita a Cuba
Por Ana Margarita Pérez Salceda*
Cuando descanso la mirada en la sociedad cubana, lo primero que viene a mi mente es la palabra familia. Quizás sea debido a lo agradecida que le estoy a Dios por la que me regaló y en la cual soy tan feliz. Hoy nuestra Cuba vive disimiles realidades que la forjan con una autenticidad propia, reflejándola en única e irrepetible. Los hombres y mujeres que vivimos hoy aquí, venimos de una familia.
Debido a las tantas situaciones existentes de carácter económico, social y político, los últimos años se han tornado más complejos, vivir en Cuba se ha convertido en una opción más, y tristemente muchos miembros de las familias cubanas han decidido ir en busca de un futuro mejor y digno en otras tierras lejanas. De ahí que el tejido social cubano se encuentre hoy tan dividido, fracturado, dolido.
Lo cierto es que inmersos o no, en esta isla caribeña cargada de encanto aún habitan sueños, planes y proyectos por lograr. Aquí donde el café, el tabaco, y el vuelo del colibrí nos afirman orgullosamente cubanos, padecemos tristemente el dolor de la soledad, la miseria, el hambre, la salud pública desconcertante, la educación en decadencia, la pandemia que no termina, el descontento con nuestro sistema político. Todo esto magnifica la difícil situación sanitaria, y a su vez la económica, política y social que cada día va en aumento, entonces hago esta pregunta: ¿qué puedo aportar en la reconstrucción de mi sociedad cubana?
El corazón de Cuba lo componen cada uno de los corazones que hoy laten en esta Isla. Nuestros deseos de hacer el bien, tender la mano al que sufre, al perseguido, oprimido, marginado, debe ser nuestro primer compromiso como seres humanos. Nuestra sociedad necesita recuperar e inculcar nuevamente los valores humanos, el respeto, la confianza, la honestidad, la comprensión, la lealtad, la tolerancia. Es necesario que los jóvenes apuesten por vivir en Cuba y decidan amar su tierra en medio de tanto dolor, soñando con un futuro plausible y alcanzable, siendo honrados, responsables, respetuosos, cercanos, comprensivos, alegres.
Busquemos ser ejemplo en nuestros centros laborales, de estudio, de recreación. Levantemos la mirada, demos siempre un paso más, y sembremos nuestra tierra con aquello que nos hace felices. Llamemos las cosas por su nombre, con la convicción profunda de la verdad, a sabiendas que no somos perfectos y podemos equivocarnos. Porque cada día la vida nos deja un aprendizaje y un crecimiento personal.
Aprovecho para citar una frase del P. Emilio Fernández en una conversación, días pasados: “una cosa es ir despacio y otra muy distinta es la lentitud. La primera me remite a la prudencia, la segunda al miedo y la indecisión. No podemos tener miedo a equivocarnos, gracias a Dios siempre se puede rectificar’’. Mi invitación es esta: “que no se nos pase rectificar”, nuestra sociedad está a la espera de voces que transmitan mensajes de amor y esperanza.
*Parroquia San José de la Diócesis de Holguín.
