Mensaje de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey. 30 de mayo de 2021, Santísima Trinidad

¡En el día de la Trinidad felicitemos a nuestro buen Dios! Demos gracias a Jesucristo porque con Él hemos aprendido a encontrar y amar al verdadero Dios. Porque en la historia del hombre ha habido falsos dioses. Por ejemplo, a los primeros hombres que vivieron en este mundo, por el hecho de depender de la cacería de animales, no les resultó difícil considerar dioses a algunos de ellos como las serpientes, las vacas, los elefantes blancos, y hasta perros y monos. Luego, con el progreso de la civilización, los antiguos también empezaron a considerar dioses a realidades de la naturaleza como el sol, la luna, el mar, etc. Y a todo lo que ellos no sabían encontrarle una explicación, lo consideraban un dios o manifestaciones de algún dios. Así pensaban, por ejemplo, del terremoto, la lluvia, los ciclones, el arcoíris, el rayo, los eclipses, etc. El hecho fue que casi la totalidad de los pueblos conocidos eran politeístas, o sea, que creían en muchos dioses al mismo tiempo.

¡Afortunadamente para nosotros, Jesucristo nos reveló quién y cómo es Dios!  Si no hubiera sido así, muchos de nosotros, como hicieron los romanos, griegos y egipcios que vivieron antes de Cristo, estaríamos adorando hoy día a dioses llamados Zeus, Afrodita, Apolo, Artemisa, Hermes, Júpiter, Minerva, Baco, Isis, Osiris o Ra. También la Biblia menciona a falsos dioses llamados Astarot, Baal, Beelzebú, Milcom, etc. Además, también es cierto que, a lo largo de la historia, ha habido hombres de carne y hueso que se han creído dioses, y llegaron a engañar a otros hombres que les han rendido culto. Por no hablar de los que han endiosado al sexo, la bebida, la comida, el dinero, el poder, etc.

Re-velar es quitar el velo. Vino Jesucristo y nos quitó el velo que nos impedía ver bien a Dios. Quitó las cataratas que nos impedían ver a Dios claramente. Vino Jesucristo y nos reveló que Dios es una comunión, una trinidad, no tres dioses sino un solo Dios. Nos reveló que Dios es una comunidad donde una persona no domina ni somete a la otra, sino que se relaciona con la otra en el amor y la afirma en su singularidad. Gracias a esta revelación de Jesucristo hoy día nosotros sabemos cuál es el Dios verdadero.

A lo mejor nosotros aprendimos de pequeños a hacer la señal de la cruz y llamar a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así, con toda naturalidad, comenzábamos a expresar el misterio, la enseñanza más profunda de nuestra fe. Más tarde, al crecer, cuando quisimos expresar quién es Dios para nosotros, empezábamos a darnos cuenta de que nuestro lenguaje se quedaba corto para expresar una realidad tan sublime. Resulta que para “saber” más cosas sobre Dios lo que hay que hacer es amarlo y sentirse hijos suyos. Tal experiencia dilata nuestros corazones.

Nuestro Dios, el Dios de la Biblia, se fue revelando progresivamente al hombre a través de la creación y de la historia del pueblo del Antiguo Testamento. Nuestros antepasados en la fe adoraban al único y verdadero Dios, pero lo consideraban inaccesible, no cercano. Se dirigían a él, asustados, llamándolo Yavé, Adonai, El Shadai, Elohím, o también con calificativos como: El Todopoderoso, El Altísimo, El Señor de los Ejércitos, El Eterno, el Omnipotente. ¡Qué asombro para los judíos oír a Jesucristo llamarle a Dios: Papá! Y enseñarles a que llamaran a Dios “Padre nuestro”, y revelarles que Dios es el Padre que hace a todos hijos suyos, que Dios es el Hijo que se hace hombre para liberarnos de la esclavitud del pecado y congregarnos en una familia, y que Dios es el Espíritu Santo, que nos santifica. Este es el Dios, uno y trino, cuya fiesta celebraremos.

Celebrar la fiesta de Dios es también celebrar la fiesta de nosotros, sus hijos. Porque el hombre, cada hombre, ha sido creado, como enseña la Biblia, “a imagen y semejanza de Dios” (Gén 1, 27). Si Dios es todopoderoso, el hombre puede muchísimas cosas. Si Dios es eterno, el hombre vive muchos años. Si Dios lo sabe todo, el hombre sabe muchas cosas. Si Dios es amor, el hombre es capaz de amar mucho y bien. Si Dios es “el tres veces santo” (Is 6, 3 y Ap 4, 8), el hombre puede hacer muchas cosas buenas. El salmo 8 de la Biblia (6-7), el mismo que llevaron los cosmonautas a la luna, dice que Dios hizo al hombre “poco inferior a un dios, coronado de gloria y majestad, y le dio poder sobre las obras de sus manos, y todo lo puso bajo sus pies”. Que somos casi Dios, no dioses.

Todo este bello mundo que nos rodea, con sus plantas y animales, ha sido puesto por Dios bajo el dominio y el cuidado de nosotros. Nada hay más importante en este mundo que los seres humanos, que somos los únicos que nos parecemos a Dios. Un diamante, un lingote de oro, 200 millones de dólares, no valen lo que vale un solo ser humano. Por eso Dios nos quiere tanto. La fiesta de Dios que celebramos hoy, es también la fiesta de nosotros, sus criaturas predilectas.

Todos sabemos que en estos momentos estamos tratando de vencer una epidemia universal, en la que, hasta hace pocos días, habían muerto en el mundo casi tres millones y medio de personas. Pero hay otras estadísticas que nos deben llevar a la reflexión y que quiero compartir:

  • Antes de empezar la epidemia del Coronavirus, las Naciones Unidas nos advertían que “cada diez minutos muere de hambre un niño en el mundo” o lo que es lo mismo: más de 50 mil niños al año.
  • En medio de la epidemia del Coronavirus, cumplió diez años la guerra de Siria, en la que más de 11 millones de sirios han tenido que irse de sus casas y en la que hay ya más de 380 mil muertos. Según Naciones Unidas, casi 5 millones de niños sirios vinieron al mundo en estos últimos 9 años, o sea, que sólo han conocido la guerra.
  • El número de abortos es impresionante. En diez años (de 1990 a 1994 y de 2010 a 2014) se han realizado en el mundo más de 106 millones de abortos.
  • El SIDA, por su parte, tiene contagiadas a más de 37 millones de personas en el mundo. Y casi la mitad, no tiene los medicamentos necesarios.
  • La lepra sigue existiendo en 115 países. Más de 200 mil personas se contagian de lepra cada año en el mundo.

Y si a estas estadísticas les sumáramos el número de divorcios, asesinatos, violaciones, drogas, alcoholismo, adulterios, calumnias y chismes… habría que preguntarse qué estará queriendo advertir al mundo entero nuestro Padre Dios con lo que nos está pasando con esta última epidemia. ¿Un castigo de Dios? Seguramente que No. ¿Una advertencia del mismo Dios para que nos llamemos al orden? Seguramente que SÍ.

Pienso que la epidemia que padecemos ha sacado del interior de muchas personas cosas feas como el egoísmo, el “sálvese quien pueda”, el acaparamiento de los productos básicos, el “lo mío, primero”, el ser “profeta de desgracias”, el sembrar desaliento, etc. Pero epidemia que, también, ha podido sacar del interior de muchísimas personas actitudes lindas como el saber compartir la comida, el dinero y las medicinas, el “levantar el alma” de los desanimados, el descubrir la fuerza de la oración personal y en familia, el ayudar a los vecinos más ancianos, el usar las redes sociales o el teléfono para acompañar a los que están solos, etc.

Ojalá que, cuando finalmente haya sido controlada esta epidemia, a nosotros, los hijos del único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, no se nos olvide luchar contras estas otras epidemias que son como “asignaturas” o exámenes pendientes. Pidámosle a Dios que nos llamemos al orden y nos ayude a vencerlas.

Y ahora alabamos tres veces a nuestro Dios, con la tradicional oración que conocemos:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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