Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy y me siento pastor de todos.
El evangelio que acabamos de escuchar nos narra dos milagros de sanación. Jesús acaba de desembarcar y la gente lo rodea porque quieren estar cerca de este hombre que les habla y actúa de modo diferente. Llega el jefe de la sinagoga, Jairo, y le presenta el problema de su hija que estaba enferma y quiere que Jesús vaya y le imponga las manos para que se salve y viva.
Esta es una petición interesante si recordamos que los jefes de la sinagoga no eran muy receptivos a Jesús; sin embargo, aquí estaba en juego la salud de un hijo, y por ella Jairo vence cualquier barrera y hace lo que tenga que hacer, hasta ir a hablar con aquel de quien se escuchaban cosas novedosas.
Jesús se va con él y de camino una mujer con flujos de sangre tocó el manto de Jesús. Para las mujeres que me escuchan les será fácil imaginar la desesperación de aquella pobre que llena de pena, encontraba en Jesús la realización de su esperanza. Su necesidad era superior a su vergüenza; ya no soportaba los rechazos que sufría pues su humillante enfermedad era señal de impureza, además de las molestias propias de su flujo constante durante 12 años.
Miremos la actitud de estos dos personajes: Jairo se acercó a Jesús pidiendo el bien de su hija. Se echa a los pies de Jesús y solicita ayuda. No busca su propio bien, sino el de su hija. A diferencia de Jairo, esta mujer con flujo de sangre se acerca a Jesús buscando su propio bien. Si Jairo había visto a Jesús, la mujer sólo había escuchado hablar de él. Este detalle nos indica la diferencia de actitudes de nuestros personajes. Jairo ha utilizado la palabra para buscar la salvación; en cambio la mujer utiliza el tacto, sus manos. Ambos personajes tienen algo en común: se acercan a Jesús con la misma confianza. La fe y la confianza en Jesús hace que Jairo recupere la salud de su hija, y la mujer queda curada de su enfermedad.
Todas las curaciones de Jesús nacían de una profunda confianza en Dios, tanto de parte de la persona que pedía el milagro como de quien lo ejecutaba.
Y Jesús siente que un poder curativo ha salido de él. La salvación que Jesús anuncia y realiza no separa el alma del cuerpo: es una salvación total. De ahí la importancia que tiene en el ministerio de Jesús la curación de los enfermos.
La sentencia de Cristo hacia la mujer nos deja a todos maravillados: “Tu fe te ha salvado”. No basta con haber experimentado un prodigio en su propia carne; más importante es la fe que ha hecho posible el milagro. De este modo el milagro pasa a ser mucho más que una simple curación; es una experiencia de Dios que por medio de Jesús se acerca a la misma miseria humana.
No importaba la burla de la gente, sino la fe de los padres. Por eso todos quedan sorprendidos cuando la niña, cuya muerte ya se había anunciado, al escuchar las palabras de Jesús, se levanta.
Hoy Jesús nos dice a cada uno de nosotros: Talitha, qum, ¡Levántate y anda! Levántate de esa situación que no te permite vivir dignamente, de ese miedo que te paraliza, de ese rencor que no te deja avanzar felizmente por la vida, de la comodidad que no te permite mantener una relación estable con Dios o con nuestros semejantes.
Y ante aquellos que logran levantarse, las palabras de Jesús son claves, y dirigidas a quienes los rodean: “Denles de comer”. Estamos llamados a socorrer, acompañar, apoyar a quienes lo necesitan. No perdamos la oportunidad de hacer el bien.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
