Mensaje de Monseñor Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba. XIV Domingo del Tiempo Ordinario, 4 de julio de 2021

Hermanos,
Como empezamos la misa, hay que dar gracias a Dios por estar nosotros aquí orando, celebrando, cumpliendo el mandato del Señor de reunirnos como comunidad para alabarle, dándole gracias por su Pasión, Muerte y Resurrección gloriosa. Hoy en la eucaristía estamos celebrando a Cristo vivo en medio de nosotros.
La Palabra de Dios siempre tiene algo que nos toca el corazón, lo que nosotros tenemos que hacer lo posible por encontrarlo, porque si no pasa como dice el refrán, “entra por un oído y sale por el otro”. La palabra de Dios hoy nos revela que nosotros los hombres somos rebeldes muchas veces; y que queremos salirnos con nuestro capricho y dejamos a un lado la Palabra de Dios. Eso pasaba en la época del pueblo de Israel en la época de los profetas, pero eso mismo que pasaba allá, pasa también ahora.
Nosotros muchas veces somos rebeldes, nos cuesta escuchar la Palabra de Dios; o hay veces que la oímos, y a lo mejor decimos qué bien, es cierto, pero no le damos peso, o no hacemos lo que el Señor nos pide. Gracias a Dios también muchas veces hacemos lo que Él nos solicita. Esto que pasaba con el pueblo de Israel, pasa también con nosotros, pasa personalmente con ustedes y conmigo, con todos; que muchas veces somos personas que escuchamos con atención y queremos poner en práctica, pero otras veces somos rebeldes, porque pretendemos que las cosas sean como nosotros queremos y no como Dios nos pide, nos dice, nos recomienda, que hagamos caso y vivamos según su Palabra.
Ése era el pueblo de Israel, por eso el Señor mandó a los profetas y los profetas fueron anunciando al pueblo, diciéndoles: el Señor está con ustedes, ustedes tienen que cumplir la Palabra de Dios si quieren ser felices. Esto es personal, una llamada personal y también como pueblo. Muchas veces nos rebelamos contra Dios en nuestra vida, eso es un hecho; y el que diga que nunca lo ha hecho que levante la mano porque sé que ninguno la va a levantar la mano. Es como Jesús con aquella mujer prostituta, que dijo que levante la mano el que nunca haya cometido un pecado y nadie levantó la mano, por lo menos fueron honestos. También pasa con los pueblos, que muchas veces rechazan la Palabra de Dios; hasta ayer decían que creían y hoy dicen que no, porque alguien les habló, y se fueron detrás de otros dioses, otros cultos, pero también se fueron detrás de otras personas, entonces, siguieron detrás de esas personas que muchas veces piden que nos apartemos de Dios y nos fuimos detrás de ellas.
Hermanos, pasa como con las leyes de la naturaleza, cuando las leyes de la naturaleza no se cumplen, vienen los desastres y lo sabemos. Una casa construida en arena, viene un ciclón y se la lleva. Hay que respetar las leyes de la naturaleza. Con Dios pasa igual. Nos apartamos de la Palabra de Dios, después vienen las consecuencias. ¿Castigo de Dios? Yo no lo diría, yo diría consecuencia de que no hemos escuchado la Palabra de Dios. Esa es la soberbia. Triste es que, por nuestra soberbia, nosotros llevemos también a otros a equivocarse, eso es lo que se llama escándalo. Y ustedes saben bien que, en la Biblia, el escándalo es una de esas cosas más condenadas por Jesús. Eso es lo que nos dice la primera lectura.
¿Cómo se combate la soberbia? La única manera de echar atrás el efecto negativo de la soberbia, es la humildad. Por eso en la segunda lectura de san Pablo, nos dice, “yo he venido a predicar a todas las naciones, Pedro a los judíos, pero yo soy el de los gentiles”. Y también dice: “Dios me enseñó a ser humilde, para darme cuenta de que no soy yo, que, si algo hago bueno, es porque es el Espíritu de Dios que lo hace en mí”. Fíjense bien, ésa es la humildad. “Y tengo un aguijón en la carne”, aquello que él sentía que le apartaba de su camino, a lo mejor era el pecado de la soberbia, de creer que era mejor que nadie. Hermanos, que daño le hace a un pueblo cuando los que gobiernan se creen que son mejor que nadie, o cuando un padre oprime y a sus hijos no los trata como un padre, sino como otra cosa; cuando tratamos de aprovecharnos de los demás.
Ésa es la soberbia, es creer que tenemos razón. Pablo dice: “Soy lo que soy en Cristo el Señor”. En las dificultades, en los aciertos: soy lo que soy en Cristo el Señor. Si algo hago bueno es Él, no soy yo. ¡Si todos nosotros viviéramos así! Si nos diéramos cuenta de nuestra rebeldía, y que muchas veces es por soberbia… otro gallo cantaría.
¿Cuál es la solución? Hemos rezado en el Salmo, “Misericordia Señor, misericordia”. Ten misericordia de nosotros Señor, pero ten misericordia en los momentos difíciles del Covid, del ciclón, en las enfermedades; pero Señor, ten misericordia cuando nos entre aquello de la soberbia, porque no sabemos lo que una persona soberbia es capaz de hacer. Hemos dicho, “Misericordia Señor, misericordia”, y entonces viene la humildad en que reconocemos a Dios, “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo, como están los ojos de las esclavas fijos en las manos de sus señoras, así están nuestros ojos Señor, Dios nuestro, esperando tu misericordia”.
Hermanos, esa es la humildad, saber que el bien viene de Dios, pero para eso tenemos que hacer el ejercicio de vivir, de apartar la soberbia, de reconocernos criaturas, de saber que hay un Dios que es Padre que nos mandó a su Hijo Jesús para salvarnos, que nos entregó a María como Madre también, Madre de Jesús, y por lo tanto Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Hermanos así tenemos también nosotros que vivir, mirando a Dios, confiando en su palabra, para que nadie nos engañe y nos aparte de Dios, para que ninguna situación nos cuestione, y no nos demos cuenta de que con la fuerza de Dios podemos sortearla, Él nos ayuda; y para que nos percatemos de que esta vida no es eterna, que la vida eterna está en la Gloria junto al Señor, allí donde nos espera. Dios no se equivoca, y cumple su promesa. Que Dios nos ayude a todos a vivir así.

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