Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy y me siento pastor de todos.
¡Qué triste debe haber sido para Jesús la visita a Nazaret! Normalmente siempre queremos lo mejor para los nuestros y nos esforzamos para que nuestro territorio salga adelante, nuestra familia, en fin, las personas que queremos y que tenemos cerca. Así lo quería Jesús. Sin embargo, la gente no lo reconoció, y por el contrario cuestionaron su autoridad echándole en cara su origen.
Jesús siempre cumplió con la voluntad de Dios y, obediente, hizo milagros y curaciones. Su modo de actuar y todo lo que se escuchaba de él, sorprendía a sus paisanos de Nazaret, pero no lo suficiente para que creyeran en él. El Hijo de Dios siente en primera persona el rechazo en su propia tierra, en su casa. Sus familiares no acogen su mensaje y desconfían de Él. Aun así, no se deja vencer por la falta de fe de ellos y no renuncia a su misión: anunciar el Reino de Dios.
Así también nos pasa a nosotros. ¿Cuántas veces no aceptamos un consejo porque nos centramos más en la procedencia de quien lo brinda?
La experiencia vivida por Jesús en Nazaret, en su comunidad, junto a sus parientes, se refleja en la vida de muchos hombres y mujeres de hoy. Sobre todo en aquellos que, con su testimonio de fe, viven en coherencia el Evangelio, como auténticos signos del reino de Dios en su actuar cotidiano; y por ello son ignorados, incluso por los suyos más cercanos. Pero, al igual que Jesús, siguen con libertad la vocación cristiana con la confianza puesta en Dios.
Al respecto el Papa Francisco nos invita a meditar diciendo: “Nosotros cristianos tenemos esta libertad de juzgar lo que sucede fuera de nosotros. Pero para juzgar debemos conocer bien lo que sucede fuera de nosotros. ¿Cómo se puede hacer esto que la Iglesia llama conocer los signos de los tiempos?
Los tiempos cambian. Es característico de la sabiduría cristiana conocer estos cambios, conocer los diversos tiempos y conocer los signos de los tiempos. […] Porque nosotros escuchamos muchos comentarios: “He escuchado que lo que sucedió allá es esto y lo que sucede allá es otra cosa; he leído esto, me han dicho esto”… Pero yo soy libre, debo emitir mi propio juicio y comprender qué significa todo esto. Se trata de un trabajo que a menudo nosotros no hacemos: nos conformamos, nos tranquilizamos con: me han dicho, he escuchado, la gente dice, he leído… y así nos quedamos tranquilos. En cambio deberíamos preguntarnos: ¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es el mensaje que el Señor quiere darme con ese signo de los tiempos?”
Por la falta de fe de la gente, Cristo no pudo ser admitido en su propia tierra. Nazaret se perdió la experiencia directa del encuentro con Dios. Nos cuesta creer que una persona que ha convivido con nosotros mucho tiempo, venga ahora a darnos consejos. Necesitamos pedir insistentemente la gracia de la fe. Porque la fe es un inmenso don de Dios y vale más que la vida misma, pues sólo con ella puede el hombre caminar en su existencia hacia el destino eterno, aunque a veces no vea, aunque le rodeen espesas tinieblas, aunque lo cubra la duda, aunque le domine el miedo, aunque le invada el desaliento. La fe es la fuerza en nuestro peregrinar por este mundo y lo seguirá siendo para todos aquellos que deseen y quieran ir tras las huellas de Cristo.
No es un mero sentimiento de la presencia de Dios. Es caminar, sufrir, caer y levantarse tratando de ser fiel a Dios a quien no vemos con nuestros ojos materiales, pero sí con los ojos de la fe.
Pidamos al Señor que seamos capaces de abrir el corazón, la mente, todo nuestro ser. Que reconozcamos los dones y virtudes de nuestros hermanos y sus valores. Que en nuestros corazones no haya espacio para la envidia, sino buenos deseos, generosidad. Que no excluyamos ni rechacemos a nadie, sino que respetemos como hijos suyos, a nuestros hermanos, y desde el corazón digámosle con humildad: “Creo, Señor, pero aumenta mi fe”
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
