Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, sj, Obispo de Pinar del Río. XVII domingo del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Santiago Apóstol, 25 de julio de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy y me siento pastor de todos.

La multiplicación de los panes nos recuerda que la abundancia es una característica del auténtico amor. Es poner en común lo que tanto necesitas, para que así todos puedan ser socorridos.

El Papa Francisco nos recuerda: “El que ama conoce a Dios; el que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. Pero no amor de telenovela. ¡No! Amor sólido, fuerte; amor eterno, amor que se manifiesta en su Hijo, que ha venido para salvarnos. Amor concreto; amor de obras y no de palabras. […]

“El Señor tuvo compasión de la cantidad de gente que había ido a escucharlo, porque eran ovejas sin pastor, desorientadas. Por eso, Jesús les enseña la doctrina y la gente le escucha. […] Así es el amor de Dios: siempre nos espera, siempre nos sorprende. Es el Padre, es nuestro Padre que nos ama tanto, que siempre está dispuesto a perdonarnos. ¡Siempre! […]”(Cf Homilía de S.S. Francisco, 8 de enero de 2015, en Santa Marta).

“La multitud se conmueve por el prodigio de la multiplicación de los panes, pero el don que Jesús ofrece es plenitud de vida para el hombre hambriento. Jesús sacia no solo el hambre material, sino esa más profunda, el hambre del sentido de la vida, el hambre de Dios. Frente al sufrimiento, la soledad, la pobreza y las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros?” (Homilía de S.S. Francisco, 26 de julio de 2015).

Entre los personajes que intervienen en la escena evangélica, además del Maestro, los apóstoles y la multitud, aparece el muchacho de los panes y los peces que pasa muy desapercibido en el relato. Apenas se menciona, pero su presencia y generosidad fueron claves para que Jesús obrara el milagro.

De hecho, cuando Felipe le señala, bien hubiera podido decir: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero no sé si quiera entregarlos y, de cualquier modo, ¿qué es eso para tantos?»
Todos los milagros de Jesús requirieron de la fe de quienes los pedían. Éste, además, requirió de la generosidad de aquel muchacho. Como si quisiera decirnos con ello el evangelista, que para obtener el milagro de la propia conversión o del propio progreso espiritual y humano, siempre se requiere generosidad. Darlo todo, y darlo de corazón.

Igualmente, cuando se trata de la ayuda a los demás, muchas veces tenemos en nuestras cestas los cinco panes y dos peces que necesita nuestro prójimo. A veces es una limosna, a veces es ceder el paso en la calle o una simple sonrisa que devuelva la confianza a nuestros hijos o compañeros de trabajo, después de que hemos sufrido algún percance.

Los cinco panes son, sin duda, una representación de los talentos que Dios nos ha regalado. Sólo en la medida en que los demos a los demás, fructifican y rinden todo cuanto pueden. Si los guardamos para nosotros mismos, pueden echarse a perder. Hay que recordar que el milagro comienza cuando aquel muchacho cedió al Maestro sus panes, para que diera de comer a toda una multitud…

Señor Jesús, haz de nosotros un pan partido para todos, un pan que se ponga a disposición de quienes lo necesitan, un pan que se pueda multiplicar para que nadie pase más hambre, para que nadie tenga sed jamás. Señor Jesús, dime cómo ser pan, ayúdame a ser pan que se parte y reparte, como tú, por amor.

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

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