Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. XVII domingo del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Santiago Apóstol, 25 de julio de 2021

Todos sabemos, por experiencia propia, que no siempre nuestras palabras y acciones se interpretan correctamente ni según las verdaderas intenciones que tenemos al pronunciarlas o al actuar. El evangelio de hoy es un ejemplo de cómo una interpretación errónea, en este caso se trata de la muchedumbre que sigue a Jesús, trae como consecuencia que no se entienda la verdadera identidad de Jesucristo y el sentido de su misión en este mundo.

La multiplicación de los panes y los peces no es un simple milagro para dar de comer a una muchedumbre hambrienta; la prueba la tenemos en la reacción del Señor cuando la multitud, después de saciarse, lo reconoce como “el profeta que tenía que venir al mundo” y pretende, a continuación, proclamarlo rey: el Señor se retira a una montaña, solo, porque Él no vino para ser un poderoso de este mundo. En un momento posterior, la gente lo buscó con insistencia, hasta encontrarlo, pero Jesús estaba muy consciente de las verdaderas motivaciones que tenían: “Ustedes me buscan no porque han visto los signos, sino porque han comido los panes y se han saciado, procuren no el alimento que perece, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna…”, que viene a significar, “ustedes solo piensan en el pan, el alimento material, y no han entendido que el signo de la multiplicación de los panes y los peces quiere indicarles que yo soy el verdadero pan, bajado del cielo, y que he venido a saciar el hambre de vida y felicidad plenas del ser humano…”

La muchedumbre solo alcanzó a ver lo inmediato y material, Jesús quería remitirlos a la realidad más profunda y verdadera acerca de su persona y su misión; pero ellos solo vieron en Él un líder que iba a solucionar sus expectativas acerca de un rey terrenal que establecería un reino israelita potente y glorioso y solucionaría sus carencias materiales. Todo lo contrario de la realidad. Así, la gente solo vio en Jesús a alguien a la altura de sus estrechas y limitadas esperanzas, y los esfuerzos del Señor para que ampliasen sus horizontes no dieron mucho fruto, como podríamos constatar si avanzásemos en la lectura de este capítulo 6 del Evangelio de Juan: “muchos de sus discípulos lo abandonaron” (Jn 6, 66).

La fe es la única que nos permite abrir los ojos y el corazón para reconocer al Señor y aceptar su Palabra. Ella eleva nuestra mente y amplía nuestra mirada, para poder ver más allá de lo inmediato y no quedarnos en la superficie de las realidades cotidianas. Solo la fe nos capacita para “ver” a Dios, presente y actuante, en el mundo, las personas y en nosotros mismos.

Pidamos al Espíritu Santo para que nunca nos falte la luz de la fe, guía y sostén de nuestro caminar por este mundo.

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