Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Díaz Ruiz, Obispo de Pinar del Río. XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, 1 de agosto de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy y me siento pastor de todos.

En el Evangelio de hoy encontramos una vez más al pueblo buscando a Jesús para saciar su hambre. Pero Jesús enseña que hay que buscar otro tipo de pan. La revelación de Jesús es evidente: Él es el verdadero pan que da vida eterna, y añade: “El que viene a mí, jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed”. Por tanto, quien se alimenta de Jesús, obtendrá la salvación.

Pensemos por un momento en la acción redentora de Dios en nuestras vidas. Nos ama tanto que se ha hecho carne, se ha bajado hasta nosotros. Por nuestra parte, tenemos que esforzarnos por alcanzar esa salvación que Dios nos presenta. Y esto se logra por medio de la fe en Jesús, haciendo la voluntad de Dios en nuestras vidas, como por ejemplo alimentarnos de Cristo a través de la Eucaristía y de la Palabra de Dios, así como comprometiéndonos a amar a nuestro prójimo, ayudándolo en sus necesidades.

Pero cumplir la voluntad de Dios «no es fácil». No fue fácil para Jesús que fue tentado en el desierto y en el huerto de los olivos. Tampoco lo fue para algunos discípulos, que lo dejaron porque no entendieron qué quería decir hacer la voluntad del Padre. Tampoco es fácil para nosotros desde el momento que cada día la sociedad nos presenta como en una bandeja, muchas opciones para vivir de forma fácil, dejándonos llevar por los impulsos y sentimientos, sin poner frenos ni discernir entre lo que es correcto y lo que no. Es más fácil guardar para mí que compartir con el del lado, sobre todo si no me cae muy bien. Es más fácil dejar que nuestros hijos tengan todas las novias que quieran a la vez, sin enseñarles nunca el valor de la fidelidad y el compromiso responsable. Es más fácil quedarse en fiestas hasta tarde que acostarse temprano para tener un buen rendimiento en la escuela o el trabajo. Y así, ¿cómo hago para hacer la voluntad de Dios? Pues, pidiendo la gracia de querer hacerlo. Todo no depende sólo de Dios, nosotros tenemos que aportar nuestro mayor esfuerzo, pero con la gracia de Dios, podemos lograrlo.

Jesús le habla a la multitud que lo busca para saciar las necesidades del momento: tenían hambre y querían comer, pero después, dentro de unas horas, volverían a tener hambre. Sin embargo, Cristo les habla invitándolos a saciar el hambre del espíritu. A llenarse de la vida de Dios al punto de no volver a tener hambre y alcanzar así la vida eterna.

Lógicamente, una persona con hambre en el estómago, lo que busca es poder saciarla. Nosotros también lo haríamos así. ¡Se imaginan!

Pero no nos quedemos en la superficie de las cosas. Jesucristo nos muestra que por encima del hambre y sed de satisfacción, está el alimento que nutre el alma, lo que realmente sustenta nuestras vidas y nos fortalece contra cualquier desorden, tentación o alejamiento de la verdad.

Cristo nos recuerda esta realidad: el cuerpo necesita alimentarse, pero con más razón el alma tiene necesidad de alimento. Somos cuerpo y alma, y si no estamos plenamente desarrollados si no hacemos crecer ambas cosas, hay una desnutrición bien sea física o espiritual.

En Jesús, en su “carne” -es decir, en su concreta humanidad- está presente todo el amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Quien se deja atraer por este amor va hacia Jesús, y va con fe, y recibe de Él la vida, la vida eterna. La fe es un don de Dios que nos dispone para asentir a las verdades reveladas por Dios. No es algo que se logre por un mero esfuerzo humano. Es necesaria nuestra colaboración con Dios, quien ha querido sentir necesidad de nosotros.

Nada hemos de valorar tanto como este regalo de la fe. Por defender la fe, se da incluso la vida, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de los siglos.

El Evangelio concluye con una hermosa petición: “Señor, danos siempre de ese pan”. El alimento para el alma tiene dos componentes: es fruto de nuestro trabajo, de nuestra búsqueda personal, pero también es una gracia de Dios, un don que hemos de pedirle todos los días. “Señor, dame tu gracia, alimenta mi alma y mi corazón, hazme crecer en el amor a ti y a los demás”.

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

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