Para vivir necesitamos el alimento y el agua, o en muy poco tiempo moriríamos. No es de extrañar que en La Biblia ambas realidades materiales se utilicen a menudo para referirse al profundo deseo de vida y felicidad completas que todo ser humano experimenta, y que solamente Dios puede saciar de modo absoluto. El evangelio de hoy, continuación del correspondiente al domingo pasado, es una muestra de cómo nosotros, que deseamos la respuesta a nuestras ansias de plenitud, no siempre buscamos en el lugar correcto el alimento y el agua que puedan saciarnos de verdad. Así como la muchedumbre del evangelio, también nos quedamos cortos en nuestros esfuerzos y tenemos horizontes estrechos.
Aquella multitud vio en Jesús un libertador y quisieron hacerlo rey; pero, después, olvidaron incluso esto y solo buscaban que continuase dándoles el pan que les saciara todos los días su hambre natural. No entendieron el signo de la multiplicación de los panes y los peces; fueron incapaces de ir más allá de la materialidad inmediata de la obra realizada por Jesús. Por eso el diálogo con Él estuvo lleno de equívocos: el Señor les habló de la necesidad de procurarse el alimento que da la vida eterna, y ellos pensaron en un trabajo que Él les asignaría como pago por darles el pan diario; les dijo que debían creer en Él, el enviado por el Padre para salvarlos, y ellos le pidieron una prueba, por supuesto, material, de que lo era realmente; les hablaba del verdadero pan del cielo, es decir, de sí mismo, el único que, cuando lo comiesen, no volverían a tener hambre, y ellos le suplicaron por ese pan, entusiasmados con la idea de nunca más tener que afanarse en la búsqueda del sustento diario. Este episodio tiene una gran similitud con el diálogo del Señor con la samaritana que viene a buscar agua al pozo; la diferencia está en que, como veremos en el próximo domingo, no todos lograrán abrirse a la fe en Jesús, a diferencia de aquella mujer y sus paisanos.
La respuesta final de Jesucristo es clara: solo Él puede calmar nuestra hambre y sed más profundas; y existe una sola condición para lograrlo, creer en Él, el pan vivo enviado por el Padre Dios. Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, es la respuesta definitiva de Dios a nuestras aspiraciones más altas: “Señor, ¿a quién iremos?, Tú tienes palabras de vida eterna…” respondió Pedro a Jesús al final de este capítulo 6 del Evangelio de San Juan. Que esa convicción de fe nos mantenga perseverantes en el camino del bien y nos anime a continuar anunciando la salvación a todos.
