Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. XX domingo del Tiempo Ordinario, Fiesta de la Asunción de la Virgen María, 15 de agosto de 2021

“El Poderoso ha hecho obras grandes por mí…” A primera vista, esta frase pudiera parecer un tanto llena de orgullo, si antes María, la Virgen, no hubiera afirmado su pequeñez e insignificancia ante Dios, y cómo Él se había dignado “mirarla”, es decir, tenerla en cuenta, haciendo gala de esa misericordia infinita que solo el Señor posee como una de sus cualidades relevantes. ¿Qué “obras grandes”, se han realizado en la Virgen? Pues, por supuesto, la mayor y más importante de ellas es su maternidad: el ser la madre de Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo; en virtud de esto, ella ha recibido todos los dones y bendiciones divinas que necesitaba para poder llevar adelante la misión única que Dios le encomendó en el momento culminante de la Historia de la Salvación.

Como sabemos, María cumplió lo prometido hasta incluso más allá de la Muerte y la Resurrección de Jesús y, por eso, la encontramos “perseverando en la oración” junto a otras mujeres y los Apóstoles, en los comienzos de la Iglesia cristiana, en fidelidad al mandato de su Hijo en la cruz, cuando le asignó la misión de madre de todos los creyentes, simbolizados en la figura del discípulo amado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo…” Pues bien, la fiesta de la Asunción de la Virgen María es la fiesta de la Madre del Salvador y nuestra, es la celebración alegre y esperanzadora del hecho que ella haya llegado ya a la presencia del Señor, anticipando aquello que los cristianos buscamos y deseamos: entrar en el Reino de Dios. El que ella, una mujer de carne y hueso, una de nosotros, haya alcanzado la felicidad eterna del Cielo, nos debe llenar de fe y esperanza, porque demuestra que la vida eterna no es algo inalcanzable o un sueño imposible: si, como María, la Virgen, humildemente nos dejamos llenar del Espíritu Santo y consagramos nuestra vida al fiel cumplimiento de la voluntad de Dios, entonces, como sucedió con ella, también en nosotros el Señor será capaz de obrar grandes cosas. A la Virgen María acudimos, llenos de confianza, suplicándole: ¡Madre de Jesucristo y Madre nuestra, ruega a Dios por todos nosotros!

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