La fe es, primariamente, un don de Dios; esta es una verdad que conocemos muy bien todos los creyentes. A la vez, la fe implica una decisión humana, una respuesta, positiva o negativa, a esa llamada divina, y que solo puede darse válidamente desde la libertad y la responsabilidad. No hay fe verdadera por obligación, coacción o para quedar bien con los demás.
El evangelio de hoy, correspondiente a San Juan, y que cierra el extenso capítulo 6 que se nos ha proclamado desde hace varios domingos, es un punto culminante y decisivo. Siempre me ha impresionado la actitud de Jesús en este pasaje de la Escritura: la serenidad y claridad de sus palabras y, al mismo tiempo, la firmeza en cuanto a las exigencias para quienes deseen seguirlo. En Él no hay nada de temor a perder seguidores ni de intento de rebajar las exigencias para evitar el abandono de los discípulos; con una tranquilidad pasmosa expone la verdad sobre su persona y misión y luego los enfrenta a la decisión que deben tomar. Ni siquiera el grupo de los Doce, el más cercano, escapa a esta confrontación: “¿También ustedes quieren marcharse?”, les dice Jesús. Sabemos, por boca del Apóstol Pedro, la decisión que ellos tomaron: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios.” Pero la respuesta de otros, nos dice el evangelista, fue negativa: “Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él”, y fijémonos en el detalle de que dice “muchos”, o sea, un número apreciable.
Cuando Dios nos llama a la fe -y los creyentes experimentamos esto de primera mano-, es necesario responderle, y con esa respuesta haremos una “opción fundamental”, como dirían algunos teólogos, es decir, que da fundamento, apoyo, y constituye el cimiento sobre el cual se construirá toda nuestra existencia. Pero, además, creer en Dios es decirle “sí” todos los días, es hacer vida, diariamente, la opción fundamental con la que respondimos a la llamada divina; es como “multiplicar” ese “sí” que dio inicio a nuestra condición de creyentes, de manera que la fe se fortalezca, madure y se haga “adulta”, capaz de hacernos más acordes con la voluntad del Señor. Por esta razón, en este mundo nunca nos podremos considerar “graduados” en cuanto a la fe, porque siempre Dios nos irá pidiendo, en cada instante, que renovemos nuestro primer “sí”, en medio de las realidades de la vida cotidiana. Nuestra “graduación” solo ocurrirá cuando estemos en la presencia de Dios y, entonces, ya no será necesaria la fe, porque lo contemplaremos “cara a cara”, como dice el Apóstol San Pablo en el magnífico capítulo 13 de la Primera carta a los corintios.
Hermanos: como los Apóstoles, también nosotros, una vez le dijimos “sí” al Señor; después, cada día, nos esforzamos, con la ayuda de su Espíritu Santo, por mantener esa respuesta con nuestras palabras y obras. Aunque el camino con frecuencia es áspero y difícil, sabemos que solo Él tiene palabras de vida eterna: supliquémosle, por tanto, que nunca nos falte la presencia de su Espíritu, para que podamos ser fieles hasta el final.
