Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, sj, Obispo de Pinar del Río. Domingo 29 de agosto de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis de Pinar del Río y por tanto, pastor de todos.

Al escuchar el evangelio de hoy puede que sintamos un poco de contradicción, sobre todo en estos tiempos en los que se hace tan necesario mantener las medidas higiénicas y se nos recuerda con énfasis la importancia de lavarnos con frecuencia las manos, sobre todo antes de ingerir alimentos. Y es algo muy bueno que debemos hacer siempre.

Pero la situación que nos narra el texto de hoy va más allá de la necesidad de tener buenos hábitos de higiene. Las autoridades legales de Jerusalén (escribas y fariseos), encargadas de velar por la ortodoxia práctica del pueblo, vienen a Jesús para acusar a sus discípulos porque no cumplen los rituales de separación social y alimentaria de la tradición judía. Jesús les aclara que su equivocación radical consiste en situar la pureza e impureza en lo que es exterior al hombre, en lugar de situarla en el corazón, en el interior de la persona.  Uno puede lavarse siempre las manos y tener corrompido el corazón.

Jesús responde, en primer lugar, que el reproche de los fariseos se apoya en sus propias tradiciones y no en la Ley de Moisés. Así corren el peligro de anular la Palabra de Dios por mantenerse fieles a practicar costumbres que no siempre provienen de Dios, sino de los hombres.

Debemos tener cuidado con esta tentación permanente del cristiano. ¡Cuidado con caer en una religiosidad ritual y legalista! El tomar tan al pie de la letra lo que está estipulado que nos olvidemos de ver el interior de la persona con la que estamos hablando o que ha actuado de determinada forma. Solo la mirada del corazón descubre la imagen de Dios que hay en nosotros y en los demás. Expresémoslo con un relato: Un joven preguntó a un artista que estaba terminando de tallar una pieza de mármol: “¿Cómo sabías que había un león dentro del mármol?”. A lo que el escultor respondió: “Lo sabía porque, antes de verlo ahí, lo había visto en mi corazón. El secreto consiste en que fue el león de mi corazón el que reconoció al león del mármol”.

En nuestra vida diariamente nos encontramos ante situaciones en las que se nos hace más fácil juzgar la actitud de los demás a la ligera que detenernos a pensar qué hay detrás de ese actuar. Muchas veces les ponemos etiquetas a las personas por determinadas acciones y nos fijamos más si cumple o no con lo establecido. Hoy Jesús nos invita a reflexionar en esta forma de vivir, a buscar en el corazón de la persona, a encontrar lo positivo que todos llevamos dentro, y sobre todo a preocuparnos más de aquello que nos hace daño y sin embargo alimentamos en nuestro interior. La envidia, el egoísmo, la murmuración, no se quitan con una simple lavada de mano, pero sí somos capaces de vencerla cuando nos esforzamos por sembrar amor en nosotros, cuando ayudamos a quien lo necesita, nos contenemos a la hora de emitir un criterio negativo sobre alguien, y pensamos primero en nuestros errores antes de juzgar los defectos de los demás.

La situación que vivimos no es fácil, cada día son más las noticias negativas que recibimos que las que causan alegría. En este momento es muy importante que seamos comunicadores de buenos mensajes. No sembrando falsas esperanzas, no cerrando los ojos a la realidad, pero generando noticias positivas con nuestra propia vida. Pensemos y agradezcamos tantos signos de solidaridad que ocurren en el mundo entero, a veces ni se dan a conocer y son los mejores, porque se hacen desinteresadamente. ¡Cuánta ayuda no se ofrece en medio de esta pandemia!

Gracias, Señor, porque en Jesucristo nos has entregado una palabra veraz que no necesita anclarse en ritos externos porque hunde su raíz en actitudes que nacen de lo más profundo del ser humano. Ayúdanos a educar nuestro corazón para que aniden en él sentimientos y actitudes que no nos dañen a nosotros mismos ni dañen tampoco a los demás.

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