Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 29 de agosto de 2021

La fe necesita expresarse en la vida personal y comunitaria, de esta manera se hace visible, en palabras y obras, su realidad espiritual. Y esto es importante, porque el ser humano no es solo espíritu, sino también cuerpo y necesitamos, por tanto, signos visibles que nos ayuden a expresar y vivir lo que creemos. Esto no solo sucede con la religión cristiana, sino también con todas las demás religiones.

La gran tentación, sin embargo, que pueden tener los creyentes es la de lo que pudiéramos llamar “activismo religioso”, que consiste en dar tanta prioridad a los gestos y ritos externos que se olvide una verdad esencial: lo exterior tiene que estar fundamentado en la realidad de la fe de quienes realizan esos gestos y ritos. Éstos nunca pueden suplantar la fe de los creyentes, sino que la presuponen: si no hay verdadera fe, si ésta no ha llevado a una conversión, a un cambio sustancial en la persona, entonces los ritos externos se quedan vacíos, sin fundamento, son una ceremonia hueca, muy bella y correcta, pero que no va más allá de la superficie de las cosas. Jesús, en el evangelio de hoy, menciona una de las numerosas condenas que los profetas de Israel, hablando en nombre de Dios, pronunciaron contra la hipocresía y la falsedad de los que, cumpliendo externamente con las ceremonias y ritos, sin embargo, llevaban una vida totalmente alejada del amor a Dios y al prójimo; en este caso se trata de una amarga queja de Dios, transmitida por el profeta Isaías: “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos…”

Con cierta facilidad nos podemos contentar con nuestras expresiones exteriores de piedad y posponer o, peor aún, olvidar, esa imprescindible relación que debe existir entre ellas y la transformación de nuestras vidas por la fe en Jesucristo. Si no fuese así, nuestro culto estaría vacío, como denuncia el profeta. Todo este largo período de restricciones que hemos vivido, por causa de la pandemia, es una buena oportunidad para que reflexionemos en la consistencia de nuestra vida cristiana y en el estilo con el que celebramos nuestra fe en el culto, especialmente el domingo, Día del Señor, no sea que la rutina y la costumbre, entre otros males, nos hayan convertido en cristianos “de boca”, de cantos y ritos, pero muy alejados de la práctica de las exigencias del seguimiento de Cristo. Es bueno que recordemos que la conversión del corazón es lo fundamental, para que nuestro culto no sea un simple conjunto de hábitos superficiales. Que el Espíritu Santo propicie en nosotros esa fe ardiente y viva.

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