Mensaje de Monseñor Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba. Domingo 5 de septiembre de 2021

Hermanos,

Hemos aceptado de parte de Dios que todos somos iguales, todos somos hijos de ÉL. Quizás un no creyente dirá todos somos iguales, aunque también hay personas que puedan decir que somos diferentes, que yo soy mejor que tú. Entonces, eso es una manera de vivir, que no debe ser la del cristiano, pero nos sentimos muchas veces contrariados por eso. Santiago, toca este tema, “no junten la fe en nuestro Señor Jesucristo con la acepción de personas”. Yo diría que aquí está el mundo, porque el mundo sí divide y nosotros a veces desgraciadamente a veces lo hacemos.

El mundo se divide en un país y otro, el mundo se divide en que yo sé más que tú, el mundo lo divide el que yo tengo más poder que tú, y entonces hago y obligo a la gente a hacer lo que yo crea, el mundo lo divide el que tú pienses diferente a mí, divide racialmente, divide el campo y la ciudad… Esas divisiones las ponemos nosotros, pero si todos somos hijos de Dios esas divisiones no deben de existir. Hermanos yo creo que toda persona de buena voluntad piensa eso, creo yo, ojalá sea así.

Las lecturas de hoy nos llevan un poco a pensar ¿adónde acudir para vivir según la Palabra de Dios? No es sólo según la Palabra de Dios, porque la Palabra de Dios coincide con la voluntad de Dios para nosotros y con el bien nuestro. Esta es la Palabra de Vida.

El Señor es capaz de destrabar, de corregir, de dar la victoria al humilde. La victoria está garantizada siempre, porque para aquellos que se consideran hijos de Dios y quieren hacer su voluntad, están el cielo y la gloria, ésa es la victoria definitiva; las demás son victorias transitorias, hice un buen negocio y gané dinero, me fui del país y es lo que quería hacer… esas son victorias transitorias, pero hay que buscar la victoria definitiva. Eso fue lo que hizo la Madre Teresa de Calcuta, ella vivía aquel mundo de miseria, y veía que la sociedad no podía darle respuesta a aquella miseria humana, y ella dijo pues yo voy a darle un poco de amor, punto; una mano arriba, una herida sanada, acompañar una persona, tratar a aquel que nadie quiere, a los leprosos (esos sí que estaban preteridos, ahí había acepción de personas). El Señor nos dice, un signo, abran los ojos, la boca.

Si nosotros vamos al Evangelio con este hombre que no podía hablar, pobre y andrajoso, y le pide que le imponga las manos. Fíjense bien el signo. Jesús que tenía el poder para sanarlo, quiere que nosotros veamos su poder. Y dice que prepara un poquito de saliva, le metió los dedos en los oídos, con la saliva le tocó la lengua, y mirando al cielo dijo, “¡Effetá!, esto es ¡Ábrete!”, desátate, vete, ese nudo que se vaya.

Entonces hermanos, nosotros vemos que ese signo denota la grandeza de Dios. Por eso es que la Madre Teresa de Calcuta al hacer un simple gesto, ella sabía que ahí estaba manifestando a Dios. Un día le dijeron a la Madre Teresa de Calcuta bueno, pero es que lo que haces no va a solucionar la pobreza del mundo, el hambre y las injusticias. Ah señores, todavía hay gente que está pensando en eso, en el paraíso aquí en la tierra. Dice la misma Biblia que los pobres los tendremos siempre, porque está el egoísmo del hombre. Si no tuviéramos pecado, no hubiera pobres. La Madre Teresa dijo, yo hago lo que puedo hacer, y es una gotica de agua en un fuego, y apago ese mal.

El Señor nos dice, vamos a confiar. El Señor nos da la fuerza, el Señor nos abre los ojos, el Señor nos abre la boca para proclamar su gloria. El Señor nos ayuda, en medio de este mundo, a sortear las dificultades que nos impide acercarnos a Él y a los hermanos; a librar nuestro corazón de venganza, de ira, de desasosiego, de vivir sin calma y sin paz, confiemos en el Señor. El Espíritu de Dios nos da su fuerza.

Que el Señor nos ayude a vivir así.

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