Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis de Pinar del Río y por tanto, pastor de todos.
Jesús sigue realizando acciones extraordinarias en la región de Galilea; en este caso, le presentan a un sordomudo que apenas hablaba. Personas así estaban marginadas social y religiosamente del pueblo. Un sordo era incapaz de hablar a Dios. Jesús por el contrario, lo libera de esta limitación, rompiendo así con su sordera. La gente maravillada por sus hechos extraordinarios no podía permanecer callada y su fama se extendía rápidamente.
Acercarse a Jesús con sinceridad de corazón conlleva despertar en nosotros todos aquellos sentidos que en la vida ordinaria permanecen dormidos. Nos hace falta su intervención para que nuestros sordos oídos estén atentos a la voluntad de Dios y a las necesidades de nuestros hermanos. La peor sordera consistirá en permanecer indiferentes ante la llamada de Dios, que nos anima a no descuidar el sufrimiento de tantos hermanos que necesitan de nuestra ayuda y nuestro tiempo. El poder liberador de la palabra de Jesús rompe así con nuestras sorderas y nos suelta la lengua para seguir proclamando su Palabra a los demás.
El tema de la enfermedad no es ajeno a ningún ser humano, y me atrevería a decir que en este tiempo, cada hogar ha sentido cerca a este intruso que llega sin ser invitado para transformarnos los planes e imponernos limitaciones a nuestra vida.
El Papa Francisco en la Exhortación “Jornada Mundial del Enfermo 2021” nos expresa: “La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos”. La enfermedad impone una pregunta, que en la fe se dirige a Dios; una pregunta que busca un nuevo significado y una nueva dirección para la existencia, y que a veces puede ser que no encuentre una respuesta inmediata.
En la relación con la persona enferma se encuentra una fuente inagotable de motivación y de fuerza en la caridad de Cristo, como demuestra el testimonio milenario de hombres y mujeres que se han santificado sirviendo a los enfermos. En efecto, del misterio de la muerte y resurrección de Cristo brota el amor que puede dar un sentido pleno tanto a la condición del paciente como a la de quien cuida de él.”
Pidámosle a Dios, a través de la intercesión de su Madre, que nos ayude a estar atentos al clamor de nuestros hermanos enfermos, y que nos despeje los oídos para descubrir su voluntad, y la lengua, para proclamar siempre sus maravillas.
Que la Virgen de la Caridad nos ayude a caminar siempre hacia Jesús, siendo bastón para los demás.
