Para entender el evangelio de hoy debemos pasar primero revista a algunos temas importantes del Antiguo Testamento. Por la propia Biblia conocemos las innumerables ocasiones en que el pueblo de Israel, el Pueblo escogido por Dios, fue infiel al Señor. Los profetas denunciaron con insistencia la dureza de corazón de los israelitas y la facilidad con la que olvidaban a Dios y sus enseñanzas. Entonces es explicable que en La Biblia se acudiese, entre otras imágenes, a las de la sordera, la mudez y la ceguera, en este caso espirituales, para simbolizar esa persistente infidelidad, que impedía al pueblo israelita escuchar la Palabra de Dios y ver con claridad el camino que Él les proponía vivir.
Al mismo tiempo, para expresar la renovación radical que supondría la llegada del Salvador prometido por Dios, se utilizaron las imágenes contrarias: los sordos que vuelven a oír, los ciegos que recuperan la vista, los mudos que comienzan a proclamar las maravillas de la misericordia de Dios. Hoy, en la primera lectura, del profeta Isaías, tenemos un ejemplo. Con este simbolismo se quería transmitir a los creyentes el mensaje de que el cumplimiento de las promesas de salvación de Dios significaría un cambio fundamental en la vida de todos, especialmente de los pecadores y los más despreciados; a la par que traería paz, alegría, perdón, reconciliación, libertad. Dicho esto, ahora podemos comprender mejor el mensaje de nuestro evangelio.
Jesús es el Salvador prometido por Dios; en Él se hicieron realidad todas las promesas que animaron la fe de Israel a lo largo de muchos siglos, con Él terminó una espera prolongada y plena de ilusiones que varias generaciones de creyentes vivieron con ardor. Por eso, el Señor realizaba los signos que, según los profetas, identificarían al Mesías: devolvía la vista a los ciegos, hacía hablar a los mudos y oír a los sordos, anunciaba la buena noticia de la salvación a los pecadores y olvidados… Así que, teóricamente, no había ninguna dificultad para que los creyentes identificasen, casi a la primera, a Jesús como el Salvador prometido; pero la realidad fue algo distinta: incluso en su propia tierra, Nazaret, encontró desconfianza, dudas y rechazo; en otras palabras, seguían sordos y ciegos a la evidencia que tenían ante ellos, en particular, los fariseos, los maestros de la Ley y las autoridades religiosas israelitas, aunque también los propios discípulos. Sabemos cómo esta ceguera y sordera ante la voz de Dios los llevó a crucificar a Jesucristo.
Hoy, en el evangelio, Jesús realiza uno de estos signos milagrosos que prueban que Él es el Mesías, pero lo realiza fuera de los límites de Israel, en una región de paganos, es decir, que no formaban parte del Pueblo elegido. Sin embargo, el Señor testimonia con esta señal la llegada, también para ellos, de la salvación y la misericordia divinas. Y estas personas no permanecieron mudas ante el milagro obrado por el Señor: no se cansaban de proclamarlo en todas partes, a pesar de que Jesús les mandó no decirlo a nadie. De esta forma, los paganos, ignorantes de la fe verdadera, se abren a ella con una facilidad asombrosa, que ya quisieran tener muchos israelitas.
Hermanos: ser sordos y ciegos ante la Palabra de Dios es lo peor que pudiera sucedernos en nuestra vida cristiana; pero el Señor Jesús ha venido para abrir nuestros ojos y oídos a su voz de Buen Pastor, que nos conduce por la senda de la salvación. A Él le suplicamos con insistencia: ¡Señor, que no seamos nunca sordos a tu voz!
