Mansaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, sj, Obispo de Pinar del Río. Domingo 12 de septiembre de 2021

Queridos hijos e hijas hoy el Evangelio nos muestra uno de los momentos más íntimos de Jesús con sus discípulos.

Después de tres años juntos, experimentando la vida terrena del Hijo de Dios, escuchando sus palabras y viendo sus obras, Jesús lanza una pregunta que va a lo profundo de su relación con los apóstoles: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”

La confesión de Pedro supone el reconocimiento de Jesús como el enviado de Dios que conduce a su pueblo a la salvación. Lejos de situarse en una perspectiva triunfalista, el destino de Jesús no será el de un rey aclamado y agasajado por sus siervos; todo lo contrario: el Hijo del hombre tiene que padecer mucho hasta morir. Es decir, ser el Mesías supone enfrentarse a las fuerzas del mal ofreciendo incluso la propia vida. Una realidad que Pedro no acabó de entender del todo, animando así a Jesús a desistir de su misión. Jesús responde que el que quiera salvar su vida por el Evangelio la perderá.

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? La vida de Jesús no fue un camino de rosas. Su opción por el mundo y por los hombres le supuso acarrear enfrentamientos que le condujeron a una muerte violenta. Ser consecuente con la fe significa en numerosas ocasiones enfrentarse a las injusticias de este mundo. Si el camino de nuestra vida está lleno de apegos, méritos y honor, probablemente estaremos muy lejos de sintonizar con el camino que Jesús marcó en el Evangelio. Tenemos que pensar como Dios y no como los hombres.

Todos en algún momento pasamos por la experiencia de dolor. En estos momentos, ¿cuántas personas de las que nos escuchan se encuentran preparando el alimento para algún familiar o vecino enfermo?, o ¿quizás venga a la mente el momento en que recibió la noticia del accidente de ese ser querido que le arrebató la vida en plena juventud?, o simplemente sienta que sus fuerzas no son suficientes para sobrevivir este tiempo tan triste por los problemas propios de la vida. Y, además, ¡cuántos sufrimientos morales invaden, a veces de improviso, la casa de nuestra alma: angustias, tristezas, depresiones, fracasos, tribulaciones por tantísimos motivos! La lista de posibilidades es casi infinita…

Y lo curioso es que, cuando nos sobreviene cualquier dolor, casi nunca estamos preparados. Siempre nos coge de sorpresa, a pesar de que el sufrimiento es algo tan común en todos los hombres. Es, como diría el papa Francisco: “El dolor es un elemento esencial en la vida de todo ser humano; y con mayor razón de todo cristiano. De todo ser humano porque nadie vive, sin él; y de todo cristiano porque la cruz es el signo de su identidad. ¿Qué es lo primero que una madre cristiana enseña a su niño pequeño? A hacer la señal de la cruz. Y es este signo, en efecto, lo primero que hacemos todos cuando iniciamos una oración y, tal vez, hasta llevamos una cruz colgada en nuestro pecho. Somos cristianos porque seguimos a Cristo y somos sus discípulos. Y sólo existe un Cristo: el Crucificado y el Resucitado por nuestra salvación”.

El Evangelio de hoy, con su mensaje eterno, nos confirma esta enseñanza. Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, nos cuenta san Marcos que Jesús comenzó a instruir a sus apóstoles: «El Hijo del hombre –les dijo– tiene que padecer mucho, ser condenado por los sumos sacerdotes y por los ancianos del pueblo, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Él sabía muy bien que ése era el camino de nuestra redención. Más aún, pudiendo haber escogido otros caminos diferentes para salvarnos, quiso escoger precisamente éste. ¿Por qué? Es un misterio. Pero, al menos, estamos seguros de que el camino de la cruz es el más conveniente para nuestra salvación porque fue el que eligió nuestro Redentor.

Cuando Pedro quiso apartar al Señor de esta senda porque- al igual que nosotros, no entendía por qué su Maestro tenía que sufrir– se llevó el gran «regaño» de su vida: «¡Apártate de mí vista, Satanás! –le dijo el Señor a su apóstol predilecto– porque tú piensas como los hombres y no como Dios». Es decir, que sólo podemos entender el lenguaje de la cruz por medio de la fe, que nos coloca en el punto de vista de Dios. Y, al final de este evangelio, nuestro Señor añade: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Enseñanza contundente, clarísima, ineludible. Si somos cristianos, hemos de seguir a Cristo abrazando con fe y con amor nuestra propia cruz. Entonces, ¿por qué nos extrañamos cuando ésta se presenta en nuestra vida? Hemos de pedirle a nuestro Señor, más bien, la generosidad, la fortaleza y el amor necesarios para ser cristianos de verdad, siguiéndolo por el mismo camino que va recorriendo Él, delante de nosotros.

No dejemos de buscar a Cristo, y de seguirlo al encontrarlo, porque no hay mayor felicidad que estar junto a Dios. No olvidemos que tras la cruz está la gloria de la resurrección. En ella ponemos nuestra esperanza. Que la Virgen de la Caridad nos ayude a caminar siempre hacia Jesús.

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