Una conclusión que podemos deducir de la lectura de los evangelios, sobre todo de los tres primeros (Mateo, Marcos y Lucas), es que los discípulos fueron poco capaces de entender la naturaleza de la misión de Jesús. Una y otra vez los evangelios nos cuentan sobre la confusión, las dudas o las perspectivas equivocadas que, en particular los apóstoles, tenían acerca de su Maestro. Esto no fue algo extraño, porque las circunstancias en las que se encontraban los judíos en esa época propiciaron una fuerte corriente de esperanzas y anhelos que deseaba y creía cercano el cumplimiento de las promesas del Mesías Salvador que los profetas habían anunciado varios siglos antes. Por supuesto, todo esto estaba teñido de un fuerte sentimiento nacionalista, dado que Palestina estaba dominada por el Imperio romano. Varios levantamientos, encabezados por líderes que se atribuían títulos mesiánicos, se habían sucedido en un tiempo relativamente corto, siempre con esta impronta religiosa y nacionalista.
Es lógico que la figura de Jesús también fuera interpretada por muchos, entre ellos los propios discípulos, como el Mesías esperado o, al menos, un precursor de ese Mesías, siempre desde la óptica que hemos señalado antes. El evangelio de hoy nos indica las diferentes opiniones que la gente se había ido formando acerca de la identidad del Señor, todas ellas en la dirección referida con anterioridad. La pregunta decisiva la hace el propio Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”; la respuesta la da Pedro, en nombre del resto: “Tú eres el Mesías”. En apariencia, ha respondido correctamente, pero la orden de Jesús para que guarden silencio acerca de este tema y la escena que sigue a continuación nos indican que, por el contrario, la idea que Pedro y los demás tenían sobre Jesucristo estaba muy desorientada. Basta que el Señor hable de sufrimiento, cruz, muerte y resurrección, para que Pedro se le oponga y procuren hacerlo cambiar de rumbo; la reacción de Jesús es inmediata y firme: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”, con lo que reafirmó la absoluta voluntad que tenía de llevar adelante su misión en este mundo según el plan de Dios y no de acuerdo a las expectativas de la gente o los discípulos.
Este pasaje finaliza con una enseñanza esencial para la vida de todo aquel que pretenda ser discípulo de Cristo: solo quien siga al Señor por el camino que lo llevó a la cruz y a la resurrección será verdadero discípulo suyo. Y esta es una verdad que se cumple siempre, no hay excepciones: solo salvará la vida quien la pierda por Él y el Evangelio. Cada generación de cristianos ha tenido sus cruces y le ha tocado dar la vida en maneras y circunstancias diferentes, pero todas ellas han vivido esa dinámica de seguimiento e imitación del Maestro que dio la vida en la cruz por todos. Nos toca a nosotros, los que hoy lo seguimos, ir detrás de Él y dar la vida como Él lo hizo; para ello necesitamos la luz del Espíritu Santo que nos guíe para mantenernos fieles en el camino de su seguimiento, y nos fortalezca para poder cargar nuestra cruz hasta el final.
