Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, s.j., Obispo de Pinar del Río. Domingo 19 de septiembre de 2021

Queridos hijos e hijas, la situación que nos narra el evangelio de hoy refleja la tentación humana de los discípulos de garantizarse un lugar especial en el Reino de Dios. Ellos lo habían dejado todo para seguir a Jesús, se creían dispuestos a entregarse hasta el final, a pesar de escuchar todo el sufrimiento que el Hijo del hombre iba a padecer.

A los discípulos de Jesús no les entraba en la cabeza que su Maestro tuviera que pasar por el túnel del sufrimiento, o que para ser el primero se tuviera que ser el servidor de todos, y menos que en las nuevas categorías del Reino de Cristo el niño ocupe un lugar primordial. No era fácil para ellos dejar la concepción en la que se habían educado desde su infancia, pero para ser discípulos del Maestro, tenían que cambiar. Debían aceptar que el sufrimiento es camino de redención para Jesucristo, y lo sigue siendo para los cristianos de hoy.

La cultura en la que vivimos y la mentalidad de nuestros contemporáneos están hechas al cambio. Se cambian los modos de pensar y vivir, los valores de comportamiento, y hasta la misma religión. No todo cambio es bueno para el hombre. Ni todo cambio indica progreso. Sin embargo, hay cambios que son necesarios para mejorar la calidad de vida de la persona. El cambio al que la liturgia nos invita es el cambio desde Dios. Es decir, aquel cambio que Dios quiere y espera del hombre para que sea más hombre, para que viva mejor y más plenamente su dignidad humana. El cambio que Dios quiere es el que va de la injusticia a la justicia, del abuso al servicio de los demás, de la infidelidad a la fidelidad, del odio al amor, de la venganza al perdón, de la cultura de muerte a la cultura de la vida, del pecado a la gracia y a la santidad.

La forma de ser de Jesús no se corresponde con la mentalidad de nuestro mundo. Frente a la lucha de poder que se establece en tantos ámbitos de nuestra sociedad, Jesús pone como referencia la insignificante vida de un niño.

Es interesante observar la frecuencia con que los evangelios mencionan la presencia de niños alrededor de Jesús y su amor por ellos. Cada vez que necesitaba un niño, allí había uno. Pero este aprecio de Jesús por los niños no era frecuente en la sociedad judía de su tiempo. En aquel entonces los niños eran considerados como «un proyecto de hombre», y como tales, no eran tenidos muy en cuenta.

Por otro lado, si hay algo que caracteriza a un niño, es su dependencia de los adultos. Un niño no nos puede dar, siempre necesita cosas y cuidados. Entonces, ¿qué era lo que Jesús quería ilustrar por medio de aquel niño? El Señor estaba completando su enseñanza, y quería que les quedara claro que para llegar a ser grandes en el Reino de Dios, debían ponerse al servicio de los últimos de la sociedad; como los niños, que ni tienen riquezas, ni influencia, ni peso en el mundo.

Siempre somos dados a cultivar la amistad con aquellos que nos pueden hacer favores y que de alguna forma podemos sacar utilidad de ellos, mientras que evitamos asociarnos con aquellos que sólo necesitan de nuestra ayuda y no nos pueden dar nada a cambio. Desgraciadamente el ser humano tiene esta tendencia. Pero Jesús nos enseña a buscar, no a los que nos pueden hacer favores, sino a aquellos a quienes nosotros se los podemos hacer. Preferiblemente a aquellos que no nos van a poder devolver lo que hagamos por ellos.

Ahora bien, «recibir a un niño en el nombre de Cristo», nos hace pensar, no sólo en niños de corta edad, sino también en cualquier hermano o hermana, por muy sencillo y torpe que sea.

Cuando más adelante los apóstoles eran enviados al mundo a predicar, deberían preocuparse por todos aquellos que a los ojos del mundo tal vez eran insignificantes. De esta forma, lo que hicieran por ellos, se lo estarían haciendo a Cristo mismo y al Padre que lo envió. Lo importante, por lo tanto, no eran ellos mismos como apóstoles, sino que su preocupación debería ser el honor y la gloria de Cristo. Y la forma de preocuparse por ello sería sirviendo a aquellas personas sencillas que poco o nada les podrían devolver.

Pidamos a Dios la gracia de ser cada día como un niño. Discernir aquellas actitudes que hay en mi vida que me hacer ser arrogante y estar por encima de los demás.

Que la Virgen de la Caridad nos ayude a llevar una vida de servicio a los demás, como Ella lo hizo.

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