Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 19 de septiembre de 2021

El buen maestro sabe que sus alumnos no aprenderán los temas importantes de inmediato, sino que será necesario repetir muchas veces la lección, enfocándola cada vez desde un ángulo diferente. El buen maestro sabe que lo más difícil en su labor es cambiar la mentalidad de los alumnos y abrirlos a la verdad, y esto no se logra en un día y que, incluso, cuando parece alcanzarse el objetivo, es posible que haya retrocesos, porque a los seres humanos nos cuesta aceptar lo nuevo, lo diferente, lo que contradice nuestras opiniones preconcebidas. Por eso, el buen maestro tiene paciencia, mucha paciencia, que le permite insistir una y otra vez, sin desanimarse ni perder la compostura.

Jesús es el Maestro por excelencia: en el evangelio de hoy, instruye con calma a sus discípulos y mantiene la serenidad, a pesar de que no logran entender sus enseñanzas y se enzarzaron en una discusión sobre quién de ellos llegaría a ser el más importante en el reino terrenal que, desorientados por completo, piensan que Jesús instaurará cuando llegue a la ciudad de Jerusalén. Con una expresión, muy española, podríamos decir que los discípulos “no se enteran”, están casi totalmente desconectados de la realidad, porque se resisten a abandonar sus expectativas equivocadas acerca de Jesucristo. Ellos continúan imaginando escenarios de gloria, triunfos y poder, mientras el Señor les habla de sufrimiento, humillación, sacrificio, cruz, muerte y resurrección; todo por amor a la Humanidad. Así de ciegos y torpes podemos ser ante la voluntad de Dios: queremos seguir siempre nuestros caminos, que, como sabemos, no son los suyos.

Por suerte, la paciencia divina supera todo lo que podamos imaginar: Jesús les repite la lección sobre el servicio y la humildad: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. En aras de mayor claridad, utiliza el ejemplo de los niños, para, de manera gráfica, hablarles sobre la acogida y la disponibilidad en el servicio a los que son como ellos, los más débiles y necesitados. Un programa de vida, por supuesto, muy alejado de las perspectivas de los discípulos; pero el único que permite la entrada en el Reino de Dios. Así que, la enseñanzaes clara, solo falta que, con la gracia de Dios, nos pongamos en camino.

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