Mis queridos hermanos,
Hoy después de escuchar las lecturas proclamadas, hay dos palabras que salen y nos llaman especialmente la atención. Dos ideas fuertes: la sabiduría y la justicia.
Es muy interesante como el Señor quiere enlazar de un modo fuerte, de un modo sentido, la idea del sabio con la idea del justo. Ciertamente para ser justo, es importante ser sabio. A veces confundimos la idea de sabiduría de Dios con una sabiduría puramente humana a la cual estamos acostumbrados; sin embargo, a Dios le interesa marcar cuál es la sabiduría que viene de lo alto, cuáles son los signos, cómo se manifiesta esta sabiduría.
Es muy importante marcar la diferencia de la sabiduría de Dios con nuestra propia sabiduría. ¿Por qué? Porque a veces nuestro concepto, nuestra idea de sabiduría, puede ser peligroso. A veces hay “sabidurías” muy hechas a la forma de uno, que nos llevan a reafirmar incluso a un hombre viejo dentro de nosotros, que quiere lograr un protagonismo en la ausencia de Dios.
La sabiduría de Dios hay que pedirla y, sobre todo, uno tener la capacidad de ser dócil para recibirla. Para eso es muy importante ir muriendo al hombre viejo, para dar paso a ese hombre nuevo que nos habla Pablo, ese hombre nuevo que puede la sabiduría de Dios. Ciertamente el sabio es conducido por caminos de justicia, el sabio puede identificar caminos de justicia para sí mismo y para los demás. Porque la justicia es importante.
El cristiano tiene que buscar la justicia, la justicia es signo de la presencia de Dios. No podemos vivir en la injusticia. El sabio sabe, cuáles son los caminos para llegar a esa justicia, el sabio que es dócil a la acción del Espíritu Santo. Después nos encontramos en el evangelio como Jesús insiste en hablarles a los discípulos de cosas centrales, y como los discípulos tristemente no entienden la centralidad del mensaje de lo que Jesús quiere transmitirles. Jesús les habla con fuerza, con detenimiento, con claridad de la entrega de su vida; Jesús les habla de cómo el Hijo del Hombre va a ser capturado, va a pasar la pasión, va a morir, va a resucitar. Les habla de lo central del mensaje, y sin embargo los discípulos no solamente no entienden, sino que no se atreven a preguntar; los discípulos tienen miedo de entrar en la centralidad del mensaje de Jesús. En la intimidad de la vida de Jesús.
Hablamos de la sabiduría, la sabiduría es estable. Nosotros tenemos que vivir el acompañamiento, el estar de los más necesitados, de un modo estable. El Señor no nos llama a estar unas veces y otras veces no, hay que estar. No puedo ser voz del sufrido cuando no estoy con el sufrido, cuando no acompaño al sufrido. A veces pensamos que hemos conocido ya todas injusticias y es impresionante como cada día, increíblemente conocemos más.
Qué bueno que uno pueda, como cristiano, formar parte de la cultura del escuchar, del estar, del consolar, del abrazar, del auxiliar. Yo creo, que vivir con esa actitud de modo estable, ahí está el verdadero valor de la persona. De la persona que habla de lo que sabe y de lo que vive, de lo que ha asumido en primer lugar en su vida. Por eso Jesús pone al niño en el medio; y mientras los apóstoles estaban hablando, perdiendo su tiempo en ver quién es el más importante, a veces tenemos ese riesgo lo tenemos todos, Jesús les dice aquí lo más importante es servir, lo más importante es estar, y estar siempre. A veces ese estar se vive desde la humildad, se vive desde el silencio, y entonces ese estar cobra un peso muy fuerte.
Vamos a pedir al Espíritu Santo que, en este momento de sufrimiento, de evidente dolor de nuestro pueblo cubano por el cual rezamos tanto, y seguiremos rezando siempre a los pies de la Madre, la Virgen de la Caridad. Vamos a pedirle que el Espíritu Santo nos dé el coraje, la valentía para estar siempre, a los pies de nuestro pueblo que nos necesita y que necesita que estemos, que acompañemos, que consolemos, que tendamos la mano, que abracemos. Vamos a pedirle a la Virgen de la Caridad, que recientemente le hemos celebrado su fiesta mayor, que nuestra mirada pase por la mirada de ella, que contempla día a día el dolor de un pueblo que necesita la resurrección, de un Jesús que nos sigue esperando con los brazos abiertos y que nos pregunta: y tú, ¿a quién vas a servir? Ojalá que así sea.
