Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 26 de septiembre de 2021

El domingo pasado el evangelio nos mostraba unos discípulos deseosos de relevancia y reconocimiento, por eso, mientras iban de camino, discutieron acaloradamente sobre quién de ellos sería el más importante en el reino que, según sus ideas equivocadas, Jesús iba a establecer cuando llegase a la ciudad de Jerusalén. Pero el evangelio de hoy, que es su continuación, nos indica que no solo ansiaban poder, sino también privilegios: además de puestos importantes, igualmente querían ser los únicos “autorizados” para ejercer los poderes correspondientes. Una tentación muy sutil y extendida en todos los ámbitos de la vida humana, en virtud de cual, sin apenas darnos cuenta, podemos tener la pretensión de adueñarnos de las posiciones de poder y creernos los únicos capaces de ejercerlas correctamente.

De nuevo, Jesús, el Maestro, debe repetir la lección acerca de la humildad con la que se debe vivir la misión de testigos de la Buena Noticia del Evangelio, y recordar a los discípulos -también a nosotros-, que el Espíritu Santo es libre y concede sus dones a quien Él desee, sin ceñirse a nuestros límites humanos. Por eso, debemos alegrarnos siempre de que el mensaje del Evangelio se conozca, aunque no seamos nosotros, directamente, quienes lo divulguemos, lo importante, como en la parábola del sembrador, es que la semilla de la Palabra de Dios se riegue en el mundo entero; de su germinación y fecundidad se ocupará el propio Señor.

Muchas agradables sorpresas nos llevaremos si somos capaces de mirar a nuestro alrededor con ojos de fe, porque nos saldrán al encuentro, cuando menos lo esperamos y de quienes menos se pudiera imaginar, esos destellos de la acción del Espíritu Santo, el único capaz de transformar los corazones e iluminar las tinieblas de nuestra ignorancia. Así que, no seamos tacaños, sino abiertos de corazón y de mente; dejemos que Dios vaya haciendo su obra y esforcémonos por ser sus fieles colaboradores en la proclamación de la salvación que Cristo nos ha alcanzado por su muerte y resurrección.

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