No es la primera vez que los adversarios de Jesús pretenden ponerlo a prueba con preguntas difíciles acerca de temas polémicos; los ejemplos en los evangelios son numerosos. En cada uno de estos casos, el Señor supo salir airoso de la prueba, pero no sin antes poner al descubierto la mala voluntad, la falta de lógica en los argumentos y la estrechez de horizontes de sus opositores; a la vez que, con toda claridad, expresaba sus convicciones y proponía su enseñanza. En el evangelio de hoy tenemos un ejemplo de estos episodios: los fariseos ponen una trampa a Jesús con una pregunta sobre la validez de la práctica, más o menos extendida en aquel entonces, de separarse de la esposa, por diversas causas, concediéndole un acta en la que se la liberaba de todo vínculo y les permitía contraer, llegado el caso, tanto al hombre como a la mujer, un nuevo matrimonio.
Jesús lleva el diálogo a un plano superior: no al de la licitud o ilicitud de esta práctica, sino a la raíz, al fundamento, sobre el que debe construirse la unión matrimonial: la voluntad de Dios, expresada, ya desde la Creación, cuando creó complementarios al hombre y a la mujer, y que, de manera tan gráfica y hermosa, se presenta en los textos de los primeros capítulos del libro del Génesis, entre otros. El hombre y la mujer están llamados a unirse de tal manera que “serán los dos una sola carne”; aquí, por supuesto, no se hace referencia solo a la unión física, sino también a esa comunión de vida que establece unos lazos, tan peculiares, que implican el surgimiento de una nueva familia y se manifiestan, de modo singular, en la transmisión de la vida a los hijos derivados de esa unión.
Dadas esas premisas, las conclusiones son evidentes, y Jesús se las hace ver a los fariseos que le han preguntado: “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre…” Me viene a la mente un refrán que, de seguro, todos conocemos y usamos a menudo: “Al buen entendedor…” Más claro, ni el agua.
