Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.
Cuando alguien quiere ser admitido a una empresa o aceptado en un buen trabajo o cargo público, suele pedir una buena “recomendación” a amigos influyentes o bien acomodados… Parece que eso ha funcionado siempre así por la costumbre –no sé si buena o mala— de la gente. Pero el caso es que en tiempos de nuestro Señor sucedía de igual manera.
Este domingo el Evangelio nos presenta a dos de los apóstoles, Juan y Santiago, pidiendo a Jesús una “recomendación”, ¡y vaya recomendación! Le piden nada menos que sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda en Su Reino. Se imaginaban que muy pronto su Maestro sería proclamado y reconocido públicamente como el Mesías de Israel por las autoridades judías y, en consecuencia, quieren asegurarse ya desde ahora un “buen puesto”. Tal vez aspiraba uno ser el Primer Ministro y el otro Ministro de Relaciones Exteriores, o algo parecido….
Mientras Santiago y Juan buscaban el poder y la gloria de los primeros puestos, Jesús camina como Siervo hacia la cruz para dar la vida por todos. Mientras el ansia de privilegios divide a los discípulos, Jesús propone el camino que verdaderamente llevará a la victoria: el servicio. Y se pone a sí mismo como ejemplo y cumplimiento extremo de ese servicio hasta dar la vida en la cruz.
La petición viene muy bien presentada bajo forma de fidelidad, de adhesión entusiasta y de amistad. Y seguramente sí albergarían estos dos apóstoles tales sentimientos. Pero mezclados también con su ambición personal, sus deseos de honores y dignidades, y un tanto de vanagloria. Ya en otras ocasiones nos hemos encontrado a los Doce discutiendo sobre quién de ellos era el más importante y quién tendría el mejor lugar en el Reino…. ¡Hombres con defectos, al fin y al cabo, como nosotros!
Lo más genial de todo es la respuesta del Señor y el desenlace. No los reprende abiertamente, tal vez porque también descubría en ellos buena voluntad y deseos sinceros de estar junto a Él. Pero sí aprovecha para darles una gran lección. “¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizarse con el bautismo con el que yo me voy a bautizar?…
Pero eso no es todo. Lo más importante viene a continuación: “Los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen. Ustedes, en cambio, nada de eso. El que quiera ser grande, que sea su servidor; y el que quiera ser el primero, que sea esclavo de todos”. Y les pone su propio ejemplo: “Fíjense en mí, pues yo no he venido para que me sirvan, sino para servir y para dar mi vida por todos”. ¡Qué fuerte! Ya estas palabras lo dicen todo sin necesidad de comentarios…
¡Cuántas veces nosotros queremos sentirnos importantes y que la gente nos reconozca o que nos asignen puestos de honor y dignidad! Pues Cristo no ha venido para eso, y quienes nos llamamos y somos sus discípulos, tenemos que seguir el mismo camino de humildad, de caridad y de servicio. Él es el primero en darnos ejemplo: Él ha venido a servirnos y a dar su propia vida para salvarnos.
Hoy, Domingo de las Misiones, debemos hacer un eco a la principal razón por la cual hay misiones en el mundo: porque amamos a Dios y queremos que todos le conozcan; porque una misión evangelizadora sólo tiene como intención el amor y jamás una buena merienda.
Abramos nuestro corazón al amor que Dios nos brinda, y expresemos ese amor desde el servicio y la entrega a todos los que nos rodean, sean amigos o enemigos, cercanos o lejanos, pues aunque a veces nos cuesta la entrega, es esa precisamente la que más satisfacción nos brinda.
Que María de la Caridad, nos ayude en este caminar juntos como Iglesia misionera y servidora.
