Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. Domingo XXX del Tiempo Ordinario, 24 de octubre de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.

Hoy el Evangelio nos propone la curación de Bartimeo, un ciego que se encontraba marginado a la orilla del camino y que muchos al escucharlo lo reprendían para que no molestara al Maestro, sin importarles la situación que vivía, sin ponerse en su lugar.

Bartimeo es una figura símbolo del discipulado. Es un hombre ciego al que le falta luz y orientación. Está sentado al borde del camino, sin trayectoria en la vida. Es mendigo, su subsistencia depende de los demás, pero en él hay todavía una fe capaz de hacerle reaccionar.

La contrafigura son los discípulos que acompañaban a Jesús, pero no han entendido lo que significa seguirlo, no lo comprenden. Dominados por la ambición, estaban más ciegos que Bartimeo. Hay cristianos que se ocupan solo de su relación con Jesús, es una relación cerrada, egoísta. Ese grupo de gente, también hoy, no escucha el grito de muchos que necesitan a Jesús. Son un grupo de indiferentes: creen que la vida es su grupito; y con eso están contentos; pero en realidad están sordos al clamor de tanta gente que necesita salvación, que necesita la ayuda de Jesús, que necesita de la Iglesia. Esta gente es egoísta, vive para sí misma. Son incapaces de escuchar la voz de Jesús. Precisan luz para ver claro el camino de la cruz y del servicio.

Pero también están los que dan ánimo y ayudan a otros a acercarse a Cristo. Son esas personas que al vernos en dificultad, regalan su tiempo y posesiones para levantarnos. Aquí podemos mencionar a tantos que han compartido sus medicamentos durante esta crisis sanitaria, o que llaman por teléfono a quienes se sienten solos y deprimidos, aquellos que haciendo un derroche de creatividad, buscan alternativas para continuar anunciando el Evangelio. Estoy seguro que tú tienes muchos ejemplos que citar. Demos gracias a Dios por ellos.

Bartimeo quería algo y lo pidió con todas sus fuerzas, incluso gritando. Jesús no pudo seguir adelante, porque había alguien junto al camino que le necesitaba y que hacía lo posible para ser escuchado.

Entonces le llamó, y el ciego, arrojando su manto, se puso en pie y acudió en seguida. Nos encontramos ante una lección perfecta de cómo orar. Primero hay que pedir con insistencia, con fuerza, que Cristo venga a socorrernos. Y hacerlo con la actitud del mendigo ciego: con humildad.

A Jesús le llamó «Hijo de David», es decir, hijo del más grande rey de Israel. Y de sí mismo dijo que era alguien de quien debía compadecerse. Así es el encuentro del hombre con Dios.

Entonces, cuando Dios encuentra un alma bien dispuesta, se rinde, le llama y le hace la gran pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti?

Hoy podemos preguntarnos: ¿qué quiero que Dios me haga? ¿Cuál es el gran deseo que arde en mi corazón?

Pidamos, pero no cosas pequeñas, sino grandes. Pidamos aumentar nuestra fe hasta límites insospechados, pidamos ser grandes apóstoles, pidamos ser santos.

El ciego supo pedir lo que necesitaba. Y para acudir a ese encuentro salvador no le importó dejar su manto, su miserable manto, porque así, desprendido de todo, alcanzaría la gracia que más anhelaba en su corazón.

Que nuestro encuentro con Cristo nos lleve a la renuncia de todo, y que tengamos la gracia de darnos cuenta que al tener a Dios, la vida cambia.

Que María de la Caridad acompañe nuestra vida de fe.

Deja un comentario