Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo XXX del Tiempo Ordinario, 24 de octubre de 2021

En este domingo la lectura correspondiente al Evangelio nos propone el pasaje de la curación del ciego Bartimeo. Pero nos perderíamos lo esencial del mensaje de este texto evangélico si  solo nos detuviésemos a considerar el hecho milagroso, porque el evangelista Marcos quiso, por el contrario, que centráramos nuestra atención en la figura del ciego, aunque no tanto en su discapacidad, como en su fe en Jesús. Es un relato en el cual el protagonismo lo tiene Bartimeo en gran medida, mientras que Jesús, aunque se menciona constantemente, cede un poco el lugar central a este hombre que puso su fe en Él.

No podemos olvidar que todo esto sucede mientras Jesús se encuentra en la última etapa de su camino a Jerusalén, donde va a entregar su vida en la cruz por la salvación de la Humanidad. Así que no es casual el que los hechos ocurran a la salida de Jericó, la última parada antes de llegar a la Ciudad Santa. De nuevo, como tantas veces en los evangelios, la enfermedad física, en este caso la ceguera, es signo de la postración espiritual en la cual hunden al ser humano el pecado y el aleja￾miento de Dios; otra vez, como en otras tantas ocasiones, es la fe la que devuelve la visión y la posibilidad de contemplar al que es la luz del mundo, Jesucristo, el Señor. No faltaron los obstáculos que harían más difícil el camino de fe de Bartimeo, pero su insistencia en clamar por la atención de Jesús, el Hijo de David (título que hace, sin duda, la referencia a su carácter de Mesías, de Salvador), logra que el Señor lo llame y, entonces, en virtud de la fe que ha puesto en Jesucristo, recobra la vista.

Al final de todo, viene el punto culminante de este relato, que no es la curación, sino lo que afirma la última frase: “y lo seguía por el camino…” Porque todo en este evangelio apunta a ese momento, cuando, el que antes era ciego, por la fe en Jesús, ha recobrado la vista y lo sigue, es decir, se ha convertido en discípulo y –no podía ser de otra manera–, va siguiendo los pasos de su Maestro por el camino que lo llevará a la cruz. De esta forma, Bartimeo constituye un modelo para todos los llamados por el Señor para ser sus discípulos.

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