En tiempos de Jesús los mandamientos derivados de la Ley de Moisés eran un poco más de seiscientos; por supuesto, todos no tenían la misma importancia, pero sí eran de obligatorio cumplimiento. Por esto, no es nada raro que el maestro de la Ley que se menciona en el evangelio de este domingo, después de escuchar las atinadas respuestas de Jesús a las preguntas tramposas de los fariseos y saduceos, haya querido reafirmar sus convicciones o, incluso, buscar una nueva luz para su vida como estudioso de la Ley de Dios y judío piadoso: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?”, es decir, ¿cuál es el mandamiento que sintetiza, que lleva en sí mismo la esencia, aquello que constituye el fundamento de los demás preceptos dados por Dios a Moisés…?
El Señor comenzó su respuesta con las palabras de la oración que los judíos hacían al comienzo y al final del día, tomada del capítulo 6 del libro del Deuteronomio: “Escucha, Israel…” Una oración que pretendía centrar la atención de los israelitas en todas las intervenciones que Dios había realizado, -y continuaba haciendo- en favor de ellos, su pueblo elegido, y para que no olvidaran nunca ni una sola de esas acciones, en ninguna de las circunstancias de la vida diaria: “…estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado…”, dice muy gráficamente el Deuteronomio. Porque Dios es el Dios que actúa en la Historia humana para salvar, y esto es algo que el creyente no puede perder nunca de vista.
Resulta que aquel hombre, estudioso de la Ley, recibió una respuesta sobreabundante, porque, a continuación, Jesucristo añade un segundo mandamiento: el amor al prójimo, que, como se deduce de la respuesta final del maestro de la Ley, se equipara con el anterior y constituyen, ambos, el resumen de todos los demás preceptos. Mucho pudiéramos seguir comentando sobre este tema, pero solo quisiera enfatizar la centralidad que para la vida cristiana tienen ambos mandamientos, que el maestro de la Ley, desde su perspectiva de la fe judía, hace patente cuando afirma que su cumplimiento “…vale más que todos los holocaustos y sacrificios”, y ya sabemos que el culto en el Templo de Jerusalén era para los israelitas el núcleo de su vida religiosa. Queda claro, por consiguiente, que, si la vida del creyente no está apoyada en un amor activo y efectivo a Dios y al prójimo, entonces, todo lo demás, incluyendo el culto, queda vaciado de sentido, porque no expresa la realidad, sino una mera apariencia.
Que este evangelio nos aliente, pues, a revisar nuestra vida de fe, para comprobar si, en verdad, como le dijo Jesús al maestro de la Ley no estamos lejos del Reino de Dios.
