Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río. Comentando el evangelio del XXXII Domingo del Tiempo ordinario, 7 de noviembre de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.

A través del Evangelio de hoy el Señor nos enseña una de las actitudes más grandes que puede tener una persona: compartir de lo que ella también necesita. Pidámosle la generosidad de la viuda, que entrega lo que tiene y lo da con amor.

Jesús instruye a los discípulos y a la gente que lo sigue. Denuncia a los maestros de la ley que no aceptan la Buena Noticia, que viven y proponen una doctrina hipócrita donde privilegian las apariencias, los aplausos fáciles y aduladores, pero no entran en el corazón de las cosas, en el mensaje de Jesús. Aparentan lo que no son, se aprovechan de los pobres e indefensos, y se autoproclaman los puros y perfectos, los que no necesitan cambiar de vida, los adoradores de la ley en su literalidad más rancia.

Al respecto el Papa Francisco nos expresa que: “la fe no necesita aparentar sino ser. […] Jesús condena esta espiritualidad de cosmética, aparentar lo bueno, lo bello, pero por dentro somos otra cosa.”

De ninguna forma puede ser nuestra postura cristiana como discípulos de Jesús. La hipocresía, las caretas, el afán de dominar, el manipular a los pobres y débiles, deben ser tirados a la basura, no sirven para el seguimiento de Jesús y el servicio a los hermanos. No servían en tiempos de Jesús y tampoco sirven hoy. La Buena Noticia de Jesús debe transformar nuestras vidas y dirigirlas como la de Jesús a los demás, a los buscadores de Dios, a los hambrientos de vida auténtica.

En medio de la escena aparece una viuda, recordemos que las viudas y huérfanos son parte de los grupos más pobres de la sociedad judía pues no tenían de un hombre que los sustentara. Ella da todo lo que tenía para vivir. Dar es la acción del generoso. Dar una limosna, por ejemplo en el campo material, pero también dar de mi tiempo, compartir mis conocimientos con los demás, contagiar mi alegría con una sonrisa, son manifestaciones de esta virtud.

Hay muchas maneras de dar, y muchas motivaciones para nuestra donación. Santa Teresa de Calcuta dijo: “Hay que amar hasta que nos duela”. ¡Ya tenemos un buen termómetro para saber si somos realmente generosos! Si mi donación me cuesta, voy por buen camino. Si no me exige sacrificio alguno, es seguro que puedo dar más. Y este “dar” se identifica con la generosidad cuando se hace pensando en el bien del otro, cuando se da por amor.

En medio de las situaciones de necesidad, a veces nos molestamos al encontrarnos por la calle con personas que nos piden dinero. Ciertamente no son los más amistosos y a veces hasta nos ofenden si no los ayudamos, sin embargo, en ellos también tenemos que descubrir el rostro de Dios. Y mientras más nos cueste, tratemos de compartir con una sonrisa, una bendición, imaginándonos si su cara fuera la de Cristo, cómo sería nuestra actitud. Pues les digo algo: Es a Cristo al que se lo damos. Recuerden el pasaje del juicio final: “Cada vez que lo hicieron por uno de estos mis hermanos, a mí me lo hicieron”.

Estoy seguro que la próxima vez que nos veamos en esa situación, lo pondremos en práctica, y nos será más fácil servir.

Señor Jesús, no permitas que caigamos en la trampa antievangélica de cultivar las apariencias, la hipocresía, el desprecio a los débiles. Regálanos tu Espíritu para ser buenos testigos y servidores, hoy y ahora.

Que María de la Caridad, dispuesta siempre a servir a los demás, nos ayude en esta tarea.

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