Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de noviembre de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.

Nos encontramos en el penúltimo domingo del tiempo ordinario. Y, como todos los años, el Evangelio de este día nos habla de las realidades escatológicas y de las señales apocalípticas, es decir, del fin de los tiempos, cuando llegue el momento de la “Segunda venida” del Mesías.

El Hijo del Hombre, llegará con gran poder y gloria. Al escuchar el evangelio de hoy nos podemos imaginar la majestuosidad de Dios que se acerca, que se muestra a toda la humanidad.

El fin del mundo ha sido una preocupación del hombre en todas las épocas. Tal vez por su curiosidad natural o por su temor ante un futuro desconocido, siempre se ha interesado en estos temas. Y esta conciencia colectiva se ha agudizado sobre todo en ciertos períodos críticos de la historia. Así, por ejemplo, en las primeras décadas de la Iglesia, cuando todavía estaban frescas en la mente y en el corazón de los cristianos las enseñanzas de cristo sobre el juicio final, se creía próxima la “parusía”.

También en el cambio del primer milenio, en el año 1000, se dio una “crisis universal” ante el temor del fin del mundo. Y así ha continuado ocurriendo en diferentes momentos, a pesar de los progresos tecnológicos y los avances de la ciencia, se dieron muchos movimientos en esta dirección. ¿Cuántos en estos tiempos de pandemia; o en medio de tanto sufrimiento y pérdidas de valores, cuando sentimos que el hombre se aleja cada vez más del proyecto de Dios, no pensamos que el final se acerca?

Pero Jesús es muy claro en sus palabras: Sólo el Padre conoce el momento y la hora. Por eso Cristo invita a los discípulos a no especular y estar nerviosos, sino a dedicarse al anuncio de la Buena Noticia y a vivirla en intensidad y esperanza, a compartirla con todos.

Es necesario concentrarse en el presente: en la necesidad de velar y de estar preparados para la venida de Cristo. Es decir, en la necesidad de vivir en gracia y de llevar una vida cristiana digna y santa, alimentados con los sacramentos de la Iglesia.

Aprovechemos cada día para esforzarnos y ser mejores personas y por lo tanto mejores cristianos. Cultivemos nuestra relación con Dios a través de la oración y el servicio a los demás. Acerquémonos al sacramento de la Reconciliación con la certeza de que Dios nos espera siempre con los brazos abiertos cuando nos volvemos a Él arrepentidos del mal cometido, y alimentemos nuestra alma con Su Cuerpo y Su Sangre.

Jesús es el modelo, sus huellas nos marcan las pistas a recorrer, los hermanos que socorrer, los valores que vivir y anunciar. Lo importante es no equivocar el horizonte, las metas que conseguir, los hermanos que atender, la Buena Noticia que vivir y comunicar.

¡Cristo está por llegar! Entonces, ¡qué dicha debe invadir nuestra alma! Está comenzando la primavera. Y el Señor nos invita hoy a descubrir esos signos de los tiempos, que nos descubren un nuevo amanecer. No se está acabando el mundo. En realidad, está naciendo uno nuevo; ¡está llegando otra primavera del Espíritu!

En octubre de 2023 se celebrará en el Vaticano la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, titulada: “Por una Iglesia Sinodal: comunión, participación y misión”. La intención del papa Francisco es que la Iglesia entera participe en la búsqueda de métodos en pos de conseguir que de manera real y efectiva todos los bautizados, desde el Papa hasta los laicos, caminen juntos en comunión y fraternidad. El Sínodo no es sólo una Asamblea en Octubre de 2023, sino un camino que renueva la vida de la Iglesia, con el deseo de que al llegar el fin de los tiempos podamos presentarnos ante el Rey de Reyes con la certeza de haber hecho lo que Dios nos pedía que hiciéramos.

Jesús ya ha venido, viene en su Espíritu que nos regala continuamente, y vendrá al final de nuestra existencia, del mundo, como Juez misericordioso y bueno, abriéndonos de par en par las puertas de su Casa Grande del Cielo para darnos el abrazo definitivo que nos incorporará en su familia y para siempre, en la felicidad del fin.

Gracias, Señor, porque con tu amor y misericordia, siempre nos acompañas y fortaleces. Al principio de los principios, siempre has estado Tú, y al final de los finales, siempre estarás Tú.

Y estarás como el Padre que abraza y bendice, como el Padre que nos muestra a los otros hermanos, como el Padre que nos brinda su amor y para siempre, en tu casa que también quieres que sea nuestra casa. Muchas gracias, Señor.

Que María de la Caridad, nos alcance a Jesús.

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