En el Credo, resumen y testimonio de los principios de nuestra fe cristiana, decimos que Jesucristo vendrá al final de los tiempos “para juzgar a vivos y muertos…” Cercanos ya al final del año de celebraciones de la Iglesia, se nos proclama este pasaje del evangelista Marcos en el cual Jesucristo anuncia el momento culminante de la Creación, cuando Él volverá por segunda vez, en esa ocasión con el poder y gloria que le corresponderán por ser el Señor, para dar el punto final a este Universo, tal como lo conocemos.
Es evidente que las palabras humanas son muy pobres para describir esas circunstancias y, por eso, el evangelista utilizó un género literario muy común en la época de la confección de su evangelio: el lenguaje apocalíptico; lleno de imágenes, metáforas, juegos de palabras y muchos otros recursos literarios, que intentaban hacer una aproximación gráfica -nunca una descripción exacta- de lo que significaría la instauración definitiva del Reino de Dios, en especial, para la Humanidad. Lo principal que debemos hacer, por tanto, no es preocuparnos por conocer los detalles concretos, sino las grandes líneas del mensaje que Marcos pretende fijar en la memoria de sus lectores: primero, que este mundo y el Universo del cual forma parte, no son lo definitivo, tendrán un final, así como tuvieron un principio; segundo, que todo lo que existe camina hacia una consumación, cuyo momento concreto es decisión absolutamente soberana de Dios, y concluirá con la victoria definitiva del bien sobre el mal; tercero, que seremos juzgados por Cristo, de acuerdo a nuestro actuar durante esta vida.
Todo lo anterior -no deberíamos olvidarlo ni un instante- está en las manos de Dios, es decir, bajo su poder y voluntad; nos encaminamos, por consiguiente, de una manera u otra, hacia la consumación universal. Esta es una de las fuentes de la esperanza cristiana, la cual nos anima, de manera particular, en los momentos de crisis, persecución, sufrimientos o tentaciones: no estamos abandonados a nuestra suerte, no somos víctimas de la arbitrariedad de las circunstancias o de las fuerzas de este mundo, y el plan de salvación del Señor, de una manera que nos es imposible entender -dada nuestra limitación humana- camina certeramente hacia donde Él así lo ha dispuesto.
¿Cuál debe ser nuestra actitud ante estas realidades? Pues la esperanza firme en Dios, la caridad activa en la vida diaria y la mirada de fe hacia los acontecimientos y personas que nos encontramos cotidianamente, para poder conocer lo que Él nos está pidiendo en cada momento y llevarlo a cabo con la fuerza de su Espíritu Santo. Como vemos, nada de angustia, obsesión enfermiza o desasosiego, porque, como dice un canto conocido: “En tus manos, Señor, en tus manos, siempre estamos, Señor, siempre estamos…”
