Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, para el I Domingo de Adviento, 28 de noviembre de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.

El Evangelio de hace dos semanas nos hablaba del fin de mundo. Y hoy Lucas parece que nos vuelve a presentar la misma temática…, pero no. Cristo no viene a hablarnos de otro fin del mundo. Más bien nos abre las puertas a la esperanza.

Hoy iniciamos el período del adviento y, con él comenzamos también otro año litúrgico. Todo inicio trae siempre a nuestro corazón una nueva esperanza, pero no sólo. Adviento es también el tiempo de la «espera» por antonomasia: la espera del Mesías, del nacimiento de Cristo en la navidad. Éste es uno de los mensajes más fuertes de este período: la esperanza de tiempos mejores. Es éste uno de los anhelos más profundos del espíritu humano.

La esperanza es una necesidad vital en el ser humano. Es como el oxígeno o el pan de cada día. Es más, me atrevería a decir que el hombre, en su realidad existencial más profunda, no es sino capacidad de esperar, de proyectarse hacia el futuro, de «trascenderse». ¡Vivir es esperar! El filósofo francés Gabriel Marcel, en su obra «Homo viator», afirma que la esperanza es una de las valencias más profundas del ser humano; va con nuestra condición ontológica de hombres mortales, de «viajeros», de peregrinos de este mundo temporal y pasajero.

Y es que la esperanza tiene un sabor a novedad. Y a todos nos atrae lo novedoso o lo que tiene aspecto de nuevo. Somos como niños. Pero el niño es un prodigio de la naturaleza porque, en su sencillez y en su candor natural, revela lo más profundo del espíritu humano. Cuando nos falta esa admiración, ese gusto por la novedad, -sin caer tampoco en la banalidad de buscar lo nuevo por lo nuevo, propio de espíritus superficiales y vacíos- es que hemos dejado de sentir el encanto, la belleza y el atractivo de la vida, hemos dejado de “ser niños” para convertirnos en seres avejentados y sin ilusiones, marchitos y destrozados por dentro.

Y todos en la vida tenemos horas oscuras, tristes y amargas, en las que vemos todo negro. La esperanza no es un fácil idealismo o el sueño utópico de personas románticas que ven todo de color de rosa. Para esperar se necesita mucha fortaleza, mucho valor y un gran temple porque el que espera es dueño de sí mismo, a pesar de todas las dificultades; y, sobre todo, pone en manos de Dios el timón de la propia existencia. Y eso no es como jugar a las escondidas.
Pero no olvidemos –como dice la canción sevillana- que «por más oscura que sea la noche, siempre amanece, siempre amanece; en el rosal mueren las rosas, pero florecen, florecen». ¡Cuánta sabiduría en estas palabras!

Así pues, si esperar es vivir, tratemos de decir también nosotros, sobre todo en esos momentos duros y difíciles de la vida, en las horas de tempestad, de soledad y de aparente fracaso: «¡Quiero esperar! ¡Quiero aprender a esperar! ¡Señor, enséñame a esperar!», y entonces recuperaremos el aliento y la fuerza para seguir adelante. El adviento, el tiempo de la espera mesiánica, nos da esta enseñanza, alimenta en nuestra alma la esperanza cristiana.

Que María de la Caridad, Madre de la espera, nos anime y acompañe.

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