El tiempo del Adviento es el de la espera gozosa del Señor. Esta preparación para recibirlo tiene tres direcciones fundamentales: la cercanía de la Navidad, fiesta del Nacimiento de Jesucristo, que se hace presente entre nosotros para salvarnos; el encuentro con Él, que, a través de los acontecimientos y las personas de nuestra vida cotidiana, nos sale al paso cada día, y, por último, la espera del retorno glorioso de Cristo, al final de los tiempos, en fidelidad a la promesa que nos hizo antes de volver a Dios su Padre, después de la Resurrección.
La primera parte del Adviento se centra mucho en esta última espera, para recordarnos la necesidad de estar siempre despiertos y preparados, de manera que, si ocurre en el tiempo de nuestra vida aquí en la tierra, no nos tome desprevenidos, ya que en ese momento no habrá posibilidad de conversión ni rectificación. Como se conoce, La Biblia, en este caso el evangelio según San Lucas, utiliza un género literario con un lenguaje muy peculiar, a través del cual se pretende que intuyamos la profunda conmoción, para la totalidad del Universo, que implicará la llegada de Cristo, el Señor, con todo su poder y gloria. La insistencia en estar vigilantes no significa, para el cristiano, angustia o zozobra, temor o ansiedad, sino, al contrario, dedicación activa a la práctica del bien, para que la llegada del Señor, nos encuentre ejercitando lo que Él mismo nos enseñó: la caridad con los necesitados, la honradez y la rectitud de vida, la misericordia y el perdón. Preparemos, por tanto, caminos de amor y justicia, para que el Señor Jesús pueda venir a nosotros.
