Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, SJ, obispo de Pinar del Río, comentando el evangelio del II domingo de Adviento, 5 de diciembre de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.

En este segundo domingo de Adviento, Lucas sitúa a Jesús y a Juan en un momento concreto de la historia para decirnos que son personajes históricos, que vivieron en ese tiempo concreto, bajo el imperio romano que gobernaba Palestina. Lucas nos presenta a Juan, el último profeta del Antiguo Testamento, que exhorta al pueblo a la conversión y su bautismo simboliza la purificación de los pecados. Con Juan, recordamos a todos los profetas que vinieron antes y después que él, heraldos de esperanza.

El color litúrgico de este tiempo- al igual que la Cuaresma- es el morado, que es el símbolo de la penitencia y de la austeridad. El sacerdote se reviste con los ornamentos sagrados de este color en la Santa Misa, para invitar a los fieles al sacrificio y a la conversión, pues sólo así podemos purificar nuestra conciencia y nuestro corazón para que Cristo Niño lo encuentre bien dispuesto el día de Nochebuena.

Pero, ¿qué significa conversión?, ¿de qué o por qué tenemos que convertirnos? Todos, por lo general, nos creemos gente buena y pensamos que la conversión es sólo para los grandes pecadores. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II nos decía que todos necesitamos convertirnos diariamente en nuestra vida. Porque convertirse significa “volver a Dios”, “cambiar de actitudes y de comportamiento”. Convertirnos, pues, es acercarnos más a nuestro Señor, alejándonos del pecado y de las propias pasiones que nos apartan de Él; convertirnos para cambiar nuestra mentalidad mundana y sustituirla por unos criterios de fe, auténticamente cristianos; cambiar “nuestro corazón de piedra- como decía el profeta Ezequiel- por un corazón de carne”, lleno de amor, de compasión, de perdón y de caridad.

¿Pensamos igual que Cristo en todo? ¿Pensamos como Él piensa acerca de la fama, el poder, el sufrimiento…? ¿Y nuestro corazón es como el Suyo para amar al Padre Celestial y todos los hombres sin excepción, como Él nos amó? Todo esto es convertirse.

Juan Bautista, con palabras del profeta Isaías, nos exhorta también hoy a cada uno de nosotros: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Estas imágenes bíblicas nos hablan de la necesidad de la conversión. Los montes, en este contexto, vienen a ser signo de la soberbia, del orgullo y de la prepotencia: ¡tienen que ser rebajados y anulados! Los valles son nuestros complejos, caídas, desconfianzas y depresiones, y tienen que ser rellenados. Lo torcido es toda forma de pecado y de desorden moral; lo escabroso son nuestras sensualidades, vicios, concesiones a la tentación y el juego con las pasiones que nos llevan al mal; ¡debe ser enderezado!

Hay que prepararse bien para la llegada del Hijo de Dios y Juan nos propone algunas acciones. Tenemos que ver qué debemos allanar, enderezar y cambiar en nuestra vida, qué pasos podemos dar para lograr que la familia, el barrio, la comunidad cristiana, el lugar donde trabajo y en mis relaciones con los demás, se sienta que Cristo está acerca y estamos esforzándonos por recibirlo con un corazón listo para acogerlo.

El primero de los sacramentos o canales de la gracia de Dios que la Iglesia administra es el Bautismo. En nuestra sociedad son muchas las personas adultas que no están bautizadas, como mismo son muchos los padres que, gracias a Dios, bautizan a sus niños pequeños. Si no estás bautizado y realmente crees que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, crees en la Iglesia y sus enseñanzas, y te esfuerzas cada día por renunciar a todo lo que te aparta de Dios, no dudes en acercarte a la Iglesia y prepararte para recibir este sacramento, ni dudes en bautizar a tus hijos pequeños y llevarlos a la catequesis parroquial, porque la relación con Dios hay que alimentarla cada día y siempre hay oportunidad para acercarse a él.

Señor, ayúdanos a preparar tu camino, tu venida, la Navidad. Tú me abres el camino de la conversión. Que me alcance tu Palabra, que sepa escucharla, meditarla en el corazón y cumplirla. Ayúdame a rebajar los montes y rellenar los valles, las montañas del orgullo y de la rutina. Que la aridez del desierto se convierta en vergel.

Que María de la Caridad, nos anime y acompañe.

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