Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, comentando el evangelio del domingo IV de Adviento, 19 de diciembre de 2021

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.

En el Evangelio que acabamos de escuchar, descubrimos una de las virtudes más acentuadas en la Virgen María: la disponibilidad para servir.

Lucas nos cuenta como se puso en camino a toda prisa para asistir a Isabel en su embarazo y compartir con ella la alegría del hijo. La caridad no espera; hay que ponerse inmediatamente en camino. Isabel exalta la fe de María, porque su “sí” es la señal de su plena confianza en Dios. El premio es el cumplimiento de la Palabra en ella. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es modelo de creyente.

María, a través del misterio de la Anunciación y de la Visitación, representa el modelo de vida que nosotros deberíamos llevar. Primero acogió a Jesús en su existencia; seguidamente, compartió lo que había recibido.

El papa Francisco en su homilía del 23 de enero de 2015 nos invitaba a meditar sobre este evangelio señalando que es un episodio que nos muestra ante todo la comunicación como un diálogo que se entrelaza con el lenguaje del cuerpo. En efecto, la primera respuesta al saludo de María la da el niño saltando gozosamente en el vientre de Isabel. Regocijarse por la alegría del encuentro es, en cierto sentido, el arquetipo y el símbolo de cualquier otra comunicación que aprendemos incluso antes de venir al mundo. El seno materno que nos acoge es la primera “escuela” de comunicación, hecha de escucha y de contacto corpóreo, donde comenzamos a familiarizarnos con el mundo externo en un ambiente protegido y con el sonido tranquilizador del palpitar del corazón de la mamá? Este encuentro entre dos seres a la vez tan íntimos, aunque todavía tan extraños uno de otro, es un encuentro lleno de promesas, es nuestra primera experiencia de comunicación. Y es una experiencia que nos toca a todos, porque todos nosotros hemos nacido de una madre.

Después de llegar al mundo, permanecemos en un “seno”, que es la familia. Un seno hecho de personas diversas en relación; la familia es el “lugar donde se aprende a convivir en la diferencia”: diferencias de géneros y de generaciones, que comunican antes que nada porque se acogen mutuamente, porque entre ellos existe un vínculo. Y cuanto más amplio es el abanico de estas relaciones y más diversas son las edades, más rico es nuestro ambiente de vida.”  (Mensaje de S.S. Francisco, 23 de enero de 2015).

Hoy, asistimos a aquella «segunda anunciación». La que el Espíritu Santo revela a santa Isabel en el momento de reconocer en María a la Madre de su Señor. Estas dos mujeres viven y comparten el mayor secreto que pueda Dios comunicar a los hombres, y lo hacen con una naturalidad sorprendente. Por una parte, María, la llena de gracia, no se queda ociosa en su casa. Ser Madre de Dios no desdice un ápice de su condición de mujer humilde, de modo que va en ayuda de su prima. Isabel, por su parte, anuncia, inspirada por el Espíritu, una gran verdad: la felicidad está en el creer al Señor.

Cuando alguien se profesa cristiano, su fe y su vida; lo que cree y cómo lo vive, son dos esferas que están íntimamente unidas. Quien piense que «creer» es sólo profesar un credo religioso, conectar con una religión o unos dogmas, quizás tiene una pobre visión del término. Porque cuando se cree de verdad se empieza a gustar las delicias con que Dios regala a las almas que le buscan con sinceridad. La pedagogía de Dios es tan sabía que sabe impulsarnos, dándonos a saborear su felicidad, -que es inmensa e incomparable-, cuando somos fieles. Es un gozo que, sin casi quererlo, nos lleva a más, nos invita a entregarnos con más generosidad a la realización de un plan que va más allá de nuestra visión humana. Isabel reconoce en su prima esa felicidad porque ha creído, pero además porque en consecuencia, su vida ya no respondía a un plan trazado por ella, sino por su Señor. Ella estaba también encinta ¿por qué era necesario un viaje en las condiciones de aquel tiempo…?

Señor, gracias porque también a mí me has visitado a través de las personas que me han transmitido la fe. Hoy te pido por tantos que, como tu madre, María, te llevan a otras personas, los que con sus palabras y sus gestos hacen posible que otros te conozcan, especialmente los misioneros. Que sepa acoger a los que hablan de ti y que te busquen donde te dejas encontrar.

Que María de Nazaret, la joven portadora de la alegría, ponga a Jesús en nuestros corazones.

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