Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila, comentando el evangelio del IV domingo de Adviento, 19 de diciembre de 2021

La alegría es contagiosa, no se puede esconder ni dejar de compartirse con los demás; una alegría, saboreada únicamente a solas, es una contradicción. No hay mayor gozo que el sentir y constatar la presencia amorosa de Dios en nuestras vidas, por eso, el evangelio de hoy, que trata sobre el encuentro entre la Virgen María, madre de Jesucristo, el Salvador, y su prima Isabel, madre de Juan el Bautista, el Precursor, está inundado por la desbordante alegría de dos madres que no pueden hacer otra cosa sino bendecir, alabar y proclamar, a voz en grito, las maravillas que el Señor ha obrado a través de la humildad y pequeñez de sus personas.

Podemos imaginar, al menos lejanamente, el inmenso gozo que significó para ambas mujeres la comprobación del cumplimiento de las grandes promesas divinas, las cuales durante generaciones habían mantenido vivas las esperanzas de los creyentes, y que, entonces, teniéndolas a ellas como colaboradoras, iban – ¡por fin! – a hacerse realidad; en primerísimo lugar, en el hijo que llevaba María en su vientre, y, también, en quien le prepararía el camino en los corazones de los israelitas: Juan el Bautista, quien, a su vez, saltó de júbilo en el vientre de su madre, Isabel, ante la cercanía del Salvador del mundo.

Hermanos: muy pocos días nos separan de la Navidad, fiesta del Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. Que la proximidad del Salvador nos llene, como a la Virgen María y a su prima Isabel, de gozo, paz y esperanza, y, como sucedió con ellas, este intenso júbilo, que brota de la fe, se haga patente para los que nos rodean. No nos encerremos, de manera egoísta y comodona, sino anunciemos a todos que el Señor está cerca, y viene a salvarnos.

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