Hace unos pocos días estábamos celebrando la fiesta de la Navidad, el nacimiento de Jesucristo, el Salvador. A primera vista, la celebración de hoy, la Epifanía –palabra griega que significa: “hacer público, de una manera notoria y solemne, algo desconocido para la mayoría de las personas” – pudiera parecer una redundancia, insistir en lo que ya hemos celebrado el 25 de diciembre; pero, mirando la realidad del mundo en que nació Jesús, y la de aquel en que estamos nosotros en la actualidad, de seguro nos daremos cuenta de la importancia y lo urgente de que la Humanidad, en su totalidad, conozca que este recién nacido en Belén es el Salvador del mundo. Entonces, como hoy, una inmensa mayoría de los habitantes de la tierra no tuvo noticia del acontecimiento transcendental que había ocurrido en aquella insignificante aldea israelita; ni siquiera los estudiosos de la Ley y los profetas ni las propias autoridades religiosas judías se enteraron de que las esperadas promesas divinas se habían acabado de cumplir, muy cerca de Jerusalén. Se hace realidad aquí lo que el Prólogo del Evangelio de San Juan dice: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron…”
El nacimiento de Jesucristo no fue, ni es, un asunto que atañe solo a quienes creen en Él y tratan de seguir sus enseñanzas, sino tiene que ver con el conjunto de la Humanidad, pasada, presente y futura, porque el Señor vino a este mundo y se hizo hombre para salvarnos a todos. De aquí brota la imperativa necesidad de anunciar esta Buena Noticia hasta el último rincón de la tierra, como indicó el propio Jesús Resucitado a los Apóstoles. Ése, pues, es uno de los sentidos de la fiesta de hoy: recordarnos que la salvación de Jesucristo, nacido en Belén, muerto en la Cruz y resucitado gloriosamente, no es tema privativo de los cristianos, y que no podemos descansar ni sentirnos satisfechos mientras exista alguien que no ha sido iluminado por su Persona y Palabra. Así, la Epifanía es una celebración para que no nos olvidemos de tantos que, como el rey Herodes o las autoridades religiosas de Israel, viven aún en la ignorancia – con frecuencia, total – del acontecimiento más relevante y decisivo de la historia humana: el Hijo de Dios se hizo hombre y vino a salvarnos. Seamos, hermanos, gozosos mensajeros de esta gran noticia.
