Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, Obispo de esta diócesis y me dirijo a ustedes compartiendo los deseos de que este nuevo año sea mejor para todos.
En este domingo, fiesta del Bautismo del Señor, tenemos una segunda epifanía, es decir, una segunda manifestación de quién es el hombre al que Juan bautizó: es el enviado del Padre, es su Hijo predilecto, que legaliza su misión y el modo de realizarla. Los cielos se rasgan expresando la comunicación directa entre el cielo y la tierra.
Hay otros detalles en este evangelio que no conviene pasar por alto. Encontramos a Jesús en la escena de su bautismo, en oración. Cuando Jesús se pone en oración, está en la presencia de su Padre, con el que está estrechamente unido. La misión que se nos encomienda sin oración se torna estéril y, a veces, frustrante y vacía.
El Papa Benedicto XVI en una de sus reflexiones sobre este texto nos expresaba: “La aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas purificaciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente, a una nueva forma de pensar y actuar; está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más grande que ha de venir después de Juan”.
Uno de los momentos más importantes de la vida del cristiano es el bautismo. A diferencia de otros momentos, nos acordamos muy poco de él. No sólo porque, cuando nos bautizaron y nos mojaron la cabeza, muchos de nosotros no teníamos uso de razón, sino también porque no siempre lo valoramos en su justa medida.
El Evangelio de hoy nos presenta el Bautismo de Jesús. Él, que era Dios, que no tenía ningún pecado, acudió a Juan, el Bautista, para ser bautizado. ¡Qué sorpresa para el Bautista ver que el mismo Dios se inclinaba ante él para recibir este sacramento! Con este gesto, Jesús nos demuestra la grandeza de este misterio y nos da una lección más de humildad.
En efecto, por el bautismo nos hacemos hijos de Dios. Somos curados del pecado original. Gracias a este sacramento se nos abren las puertas del cielo y somos miembros vivos de la Iglesia.
La gracia de Dios recibida en el bautismo, nos corresponde hacerla fecunda, hacerla crecer día tras día. Hemos de lograr que el Padre también exclame de cada uno de nosotros: “Éste es mi hijo amado… en él me complazco…” Y todo ello porque tratamos de agradarle siempre, correspondiendo a ese don tan maravilloso que nos vino por el bautismo, el don del Espíritu Santo.
Es muy importante que todos aquellos con quienes convivimos descubran en nosotros esa presencia de Dios. Una vez que Cristo se hizo bautizar, comenzó de lleno su misión apostólica. De ahí que la Iglesia celebre hoy el Día de los laicos. Ellos son todos los bautizados que no se han consagrado a Dios a través del sacerdocio o la vida en una congregación religiosa, pero que están llamados a ser apóstoles y portadores del mensaje redentor y salvífico de Cristo a un mundo que a veces, parece caminar a ciegas.
Son los laicos los principales responsables de que el mundo del trabajo, la escuela, la familia, el barrio, tengan olor a Cristo, por eso sus vidas deben dar un testimonio coherente con la fe que profesan.
Pidamos a Dios que nos ilumine a todos, para que recordando siempre nuestro deber como bautizado, nos esforcemos por estar, cada día, más cerca de Él.
Que María de la Caridad, nos ayude ser fieles a nuestro compromiso cristiano.
